En aquel tiempo me podía permitir un buen corte de pelo. No tenía
mucho dinero, pero sí una buena mata de cabello. Vivía en un piso de
alquiler destartalado y oscuro, pero eso no me quitaba el sueño porque
era barato y estaba situado muy cerca de la tienda de discos donde trabajaba, de
ahí que siempre me quedara dormido y llegara tarde.
Comía dos veces por semana en el
restaurante de abajo. El menú de novecientas pesetas incluía dos platos,
bebida y postre. El café se pagaba aparte o se podía sustituir por el
postre (si tenían pudin, no tomaba café). El resto de la semana comía
bocadillos o recalentaba cualquier cosa en la vieja cocina que
pertenecía al propietario del piso que, al igual que él, no me inspiraba
ninguna confianza.
A veces me invitaba a cenar alguna de mis amigas, pero la verdad es
que sólo nos acostábamos y aunque me lo pasaba muy bien, siempre me
quedaba con hambre.
Cuando llegaba Navidad todo era distinto. Ya no veía tan
oscuro el piso. Cada 22 de diciembre me despertaban los niños de San Ildefonso. Sus voces
salían de las televisiones de la tienda de electrodomésticos que estaba
al lado del restaurante donde hacían el mejor pudin del mundo. No sé decir por qué,
pero el sorteo extraordinario de Navidad me producía mucho placer. Me
levantaba contento y llegaba a tiempo a todas partes.
Ese día iba a la
peluquería. Siempre quise invitar a cenar a la peluquera, pero nunca me
atreví. La mujer tendría unos cincuenta años, pero eso no me importaba demasiado y
supongo que a ella tampoco le habrían hecho asco mis diecinueve, eso
nunca lo sabré.
La peluquera extática vertía halagos muy cerca de mi oído mientras
masajeaba mi cabeza. Entretanto, en la radio, unos repartían sueños y
otros tapaban agujeros.
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La responsabilidad empieza en los sueños
[...] personas que existieron pero jamás conocí más que en el delirio inconstante de mis sueños.
(Los Cuadernos del Hafa - Pablo Cerezal)
I’ll let you be in my dreams if I can be in yours.
(Talkin' World War III Blues - Bob Dylan)
Y a veces pienso que en el mundo real, hay tres bandos,
los unos que viven y otros que lo intentan.
Los terceros... sólo sueñan.
(Los seres únicos - Love Of Lesbian)
Hay tres tipos de comida. Una es la comida que te hace tu madre. Otra es el tipo de comida que se come en los restaurantes. La otra es el tipo de comida que comes en los sueños.
(La chica detective - Kelly Link)
Has vuelto a hablar en sueños otra vez y me gustó...
(Una inquietud persigue mi alma - Iván Ferreiro)
Yo escuchando... Yo leyendo... Yo soñando…
Yo con Scarlett Johansson bailando More Than This.
Es la versión original, pero de fondo, como si brotara de dentro de la cabeza de Scarlett, como si llevara puesta una escafandra, puedo oír la voz reverberada de Bill Murray que canturrea la misma canción. Por un momento creo tener acceso a sus pensamientos, a los de Scarlett quiero decir, recuerdos nipones, paseos por Shibuya y Asakusa, noches de karaoke, de cuando se encontraron Bob y Charlotte, mientras ella y yo ejecutamos un sosegado cheek to cheek abrazados y moviéndonos lentamente. Para nada la bailamos como Bryan Ferry en su videoclip donde más bien parece seguir el ritmo de It’s not unusual de Tom Jones al más puro estilo Carlton Banks.
Scarlett desliza sus fríos dedos por mi nuca al mismo tiempo que sus labios rozan mi oreja y casi en un susurro canta: «It was fun for awhile, there was no way of knowing, like a dream in the night, who can say where we're going…»
Las tres voces entremezcladas, la de Scarlett, la de Murray y la de Ferry, componen un mosaico cacofónico e hipnótico, casi mareante, y me conducen a un profundo sopor:
Yo con Pessoa en un Chevrolet alquilado. Conduce por la carretera de Sintra, por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo, y nos apena haber dejado atrás Lisboa. Le pregunto si estamos en un sueño, aunque conozco la respuesta, he preguntado por preguntar, pero él responde de todos modos: «Un cerebro soñando es el mismo que piensa y los sueños no pueden ser incoherentes porque no pasan de pensamientos como otros cualquiera.» Aprovecho su cita para introducir un anacronismo en forma de CD, el primer álbum de Antonio Carlos Jobim, The Composer of Desafinado, Plays, y rizando el rizo selecciono la pista número 6, Insensatez.
Entramos en una casucha al borde del camino. Deja su sombrero encima de una mesa y, todavía sin prender luz alguna, se dirige a un mueble bar. Me ofrece un vaso y dice que hasta que no entra ese líquido amarillento de sabor potente en su cuerpo él no es “persona”.
En un papel escribe "I know not what tomorrow will bring..." y por primera vez nuestras miradas se cruzan, o más bien me mira por primera vez directamente a los ojos y, apuntándome con la pluma estilográfica, declama: «Yo no sé que depara el mañana…, pero recuerda que tenemos, quienes vivimos, una vida que es vivida y otra vida que es pensada, y la única en que existimos es la que está dividida entre la cierta y la errada».
La bebida que me ha ofrecido es realmente fuerte, demasiado para mí, no estoy acostumbrado a beber alcohol y vuelvo a sentirme mareado, empiezo a sudar y de inmediato llega otra fuga psicogénica:
Yo con Sylvia Plath besándonos como se besa por primera vez. Me suplica que la lleve en mi nave hasta la habitación de Emily Dickinson. Viven relativamente cerca la una de la otra, a unas noventa y cinco millas, dos horas en coche más o menos, «y ciento trece años» me recuerda Sylvia mientras me aprieta las nalgas y, sí, por qué no admitirlo, me pone a mil.
En la nave se puede oír de fondo a Lou Reed cantando This Magic Moment -¡ay si nos viera David Lynch!- e inevitablemente empiezo a pensar en Manuel Vilas y sus conversaciones con Dios.
El viaje de Boston a Amherst ha durado cinco minutos, es lo que tienen las máquinas del tiempo, entre “tímidas y Tombuctú”.
¿Señor Vonnegut? ¿Está usted ahí? «Debes hablar de lo que conoces ¿Cuántas veces me lo habrás leído decir?»
Cuando llegamos, Emily y Carlo (su perro), nos reciben en su jardín. En una mesa hay un par de bandejas con las especialidades culinarias de Emily: pudin, dulces y el famoso pan redondo de centeno con el que ganó el segundo premio en la feria del ganado de Amherst en 1856. Todo sabe delicioso y su padre, que ha venido a saludarnos y durante todo el tiempo que pasa con nosotros no le quita el ojo de encima a Sylvia, nos confiesa que no come otro pan desde que probó el que cocina Emily.
Nos despedimos de él y nos encerramos los tres en una habitación. De momento no atisbo ni el menor detalle que evidencie que estamos ante una gran escritora. En la estancia no habrá más de cinco libros y no veo papeles ni plumas ni nada que pudiera hacer pensar que ahí se han escrito más de mil ochocientos poemas. El decoro no me permite decir cuál de ellas desnuda a la otra ni que entre las dos me desnudan a mí, pero ¡uy! ya lo he dicho.
Alguien llama a la puerta pero entra sin esperar respuesta. Es Paul Auster en persona que calzado con mocasines azul eléctricos disipa mi erección como el viento las nubes. Menuda ironía, se ha calzado así para sorprender a Emily, pero ella ni caso (sólo tiene ojos para Plath igual que el padre de Emily, el señor Edward Dickinson, hace un momento). Auster no se corta, no parece haberle importado lo más mínimo que Emily no se fije en él ni haberse topado con dos mujeres y un hombre desnudos en plena faena, es más, observa los espacios blancos, se sienta cómodamente en una butaca que hay en un rincón y empieza a recitar: «Algo sucede y, desde el instante en que comienza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo. Algo sucede. O bien, algo no sucede. Un cuerpo se mueve. O bien, no se mueve. Y si se mueve, algo comienza a suceder. Y aun si no se mueve, algo comienza a suceder.»
Qué oportuno, ahora sí ha conseguido captar la atención de Emily y, efectivamente, algo sucede, recogemos todos nuestra ropa resignados, nos vestimos y damos por acabada la orgía.
Emily le responde a Auster con uno de sus poemas: «Algunos dicen / la palabra muere al ser dicha. / Yo digo que empieza a vivir ese día.»
Mientras ellos se susurran, Sylvia y yo nos pillamos una depre del copón. Paul le pregunta si le gustan sus mocasines, que los ha comprado expresamente por su poema, el 1593. Emily, sorprendida ante tamaña intrusión en su aún inédita obra, argumenta que no ha escrito poema alguno en el que aparezcan zapatos eléctricos, que no comprende cómo pueden aparecer esos zapatos en nada que haya podido escribir ella si no ha visto a nadie calzado con ellos jamás. Que quizás lo escriba ahora, o mejor cuando todos nos larguemos de su habitación.
Deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar, monstruo de papel, no sé contra quién voy ¿o es que acaso hay alguien más aquí? Vaya pesadilla, corriendo, con una bestia detrás, dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más, me da miedo la inmensidad donde nadie oye mi voz…
Después de la lucha de gigantes Auster le recita el poema 1593 y, cuando llega a la parte del mocasín eléctrico, la muchacha le interrumpe para explicar que seguramente se refiere a una serpiente de agua muy venenosa, water moccasin snake, de la misma familia que la cascabel y la víbora cobriza. Paul ruborizado empieza a comprender que ha hecho un ridículo espantoso, pero además recuerda que escribió una carta a su amigo John Maxwell Coetzee en la que le contaba que no lograba entender que apareciera un mocasín eléctrico en un poema tan antiguo. Auster parece abatido, como si le hubiesen dado la peor noticia que uno puede esperar. Sus enormes ojos, tan brillantes hace un momento mientras observaba a Emily, se han transformado en algo horrible, de alguna manera parecen diabólicos, y ahora sus ojeras son más acentuadas, como si no hubiera dormido en días. Me pregunta quién soy, qué hago ahí y cómo he llegado y, lo que es aún más importante, quiere saber lo mismo sobre él. Pero le ha bastado mirar hacia mis manos para comprenderlo todo de golpe y renuncia a hacer más preguntas. Así que me pide un favor, un sólo favor, que le lleve al país de las últimas cosas. Necesita aclarar sus ideas aunque eso sea lo último que haga en su vida.
«Una inquietud persigue mi alma», la canción de Iván Ferreiro, suena de fondo, y cuando llega a la parte que dice «si no recibes esta grabación es que me perdí» pensamos en Anna Blume.
La habitación se oscurece y todo gira a nuestro alrededor. Auster y yo, uno frente al otro. Oímos una voz de mujer que se aproxima: «Fred? Fred, Where are you?»
Hemos entrado en el sueño de Fred Madison ¿Renee preguntando por Fred? debemos salir de ahí cuanto antes si apreciamos nuestras extremidades.
Aunque si lo pienso bien ¿no será este el país de las últimas cosas? A nuestro alrededor lo que hace un momento estaba ya no está, miramos al suelo y vemos el pasaporte de un hombre llamado Quinn. «Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin.»
Abyección
en una ciénaga dos horas antes que el despertador despiertas tú. evocas a Justine. descrédito, humillación. ya, ya, en la vida ocurren cosas más terribles ¡a ti qué te van a contar! pero algo en ese proceso mezquino te impide descansar; qué no dijiste y debiste decir, qué dijiste y debiste callar.
...luchando mucho con este hilo de lana gris que tengo enredado entre mis piernas.
Es muy pesado para andar arrastrándolo.*
*Justine (Kirsten Dunst) en Melancholia
...luchando mucho con este hilo de lana gris que tengo enredado entre mis piernas.
Es muy pesado para andar arrastrándolo.*
*Justine (Kirsten Dunst) en Melancholia
Motel Infierno (cut-up-copy-paste)
(motel s.)
Ahora mismo
quizá tendría que dar un paseo sin voces
me voy de regreso
lo capto al inhalar
(broma k.)
Abren en sentido contrario todos aquellos lamientes (falsos y fingidos)
como la expresión de un excepcional espíritu autocrítico
(infierno R.)
Recuerdos e imaginación (mi caída y mi sueño)
serán juzgados por saber algo que yo ignoro
(remake F.M.)
3 segundos antes del fin
regalaste tus discos
oídos en estéreo, lejos del azar,
there is a light that never goes out
Ahora mismo
quizá tendría que dar un paseo sin voces
me voy de regreso
lo capto al inhalar
(broma k.)
Abren en sentido contrario todos aquellos lamientes (falsos y fingidos)
como la expresión de un excepcional espíritu autocrítico
(infierno R.)
Recuerdos e imaginación (mi caída y mi sueño)
serán juzgados por saber algo que yo ignoro
(remake F.M.)
3 segundos antes del fin
regalaste tus discos
oídos en estéreo, lejos del azar,
there is a light that never goes out
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Mis cuentos-relatos-poemas
La historia de la vecina del tercero (revisitada y su variante)
Tenía ocho años y su única preocupación consistía en conseguir algo de dinero para gastarlo en golosinas o en petardos que luego, en compañía de sus amigos, hacía estallar en los sitios más disparatados. Una vez hicieron volar por los aires una mierda de perro en mil pedazos. Aunque muchos considerarán que es una gamberrada un poco salvaje, para esos críos era algo muy divertido y les hacía reír unos cuantos días.
Corría 1982 y los dibujos animados del sábado a las tres de la tarde los protagonizaba una naranja del sexo masculino que además era la mascota del mundial de fútbol, pero no le gustaban los dibujos de Naranjito y, en aquellos primeros años de su vida, aún menos el fútbol. Así que nunca siguió con atención ni una cosa ni la otra. Ahora, cuando revive recuerdos de esa época, aparecen entremezcladas conversaciones, travesuras y alguna canción que sonaba en la radio de su madre. Ella solía escuchar a Manolo Escobar, El Fary o a Los Chichos. No tiene nada en contra de ese estilo musical, pero envidia a los que en su infancia sus padres les ponían discos de Miles Davis, Cat Stevens o Bob Dylan. Incluso a los que escuchaban Triana o Lluis Llach les tiene mucha envidia. Los primeros discos en vinilo que escuchó fue en casa de sus vecinos. La niña del tercero tenía un tocadiscos portátil en el que hacía sonar una y otra vez la canción Don Diablo de Miguel Bosé, pero en la versión del grupo infantil Parchís. Siempre quiso tener un tocadiscos igual que el de ella para poder poner cualquier otra canción, pero no llegó hasta muchos años después. Antes llegaría un walkman de cassette y una cinta de Alaska y Dinarama. Eso fue cuando estaba en octavo de E.G.B., le regalaron la cinta "Deseo Carnal" después de insistir mucho por su cumpleaños. Se obsesionó con la canción "Ni Tú Ni Nadie" después de oír como la cantaba una niña. Sobre todo le gustaba cuando se le unía todo un grupo de chicas y cantaban al unísono, saltando y riendo, la parte de "mil campanas suenan en mi corazón" mientras los demás esperaban en fila antes de entrar cada curso a su clase. Sentía un amor intenso, sincero y profundo por Alaska y jamás se perdió el programa de los sábados por la mañana "La Bola de Cristal". Más adelante conseguiría las cintas de las bandas sonoras de Breakdance y Beat Street y muchos megamixes de finales de los ochenta, pero esa es otra historia, sigamos en el 82.
Un día, en clase de tercero, una niña que se llamaba Tere les anunció a todos con absoluta solemnidad y en mitad del aula que en 1984 se acabaría el mundo. Que lo había anunciado un tal Nosferatu y que siempre acertaba en sus predicciones. Vaya dos años les hizo pasar la niña. Se lo habrían ahorrado si se hubiesen acercado a una biblioteca a consultar en algunos libros y así esclarecer lo que supieron años más tarde, que Tere confundía el nombre de Nostradamus con el de un vampiro y que el año anunciado era el 3797 y no el 1984. Aunque en cierta forma fue verdad, para mucha gente entonces acabó el mundo, su mundo... pero aún quedan dos para llegar a ese Orwelliano año, y aunque es posible que ahora mezcle recuerdos, sabe perfectamente qué pasó una noche de aquel ya lejano 1982. Estaba durmiendo cuando los gemidos y lamentos que provenían de una mujer arrodillada en el suelo de su habitación le despertaron. Lloraba como las personas que lo han perdido todo. Era extraño, porque sentía tranquilidad y paz, y en ningún momento se asustó. Tenía claro que no se trataba de su madre, era imposible. Quien estaba allí era su vecina, la madre de la niña del tocadiscos. Cómo pudo entrar esa mujer en su casa es todavía un misterio, y por qué se postró en el suelo de su habitación también lo es. Pero el mayor misterio es lo que sucedió al día siguiente a primera hora de la mañana, cuando jugando con su hermana -ya llevaban rato en plena batalla arrastrando sillas por el pasillo y cantando como locos la canción Don Diablo- llamaron al timbre de casa. Abrieron la puerta y se asomó una señora que les instó a que dejaran de hacer tanto ruido, en el piso de abajo estaban velando a la señora Carmen que acababa de fallecer y debían mostrar más respeto. Con ocho años ya estaba familiarizado con la enfermedad. En la misma calle pocos días antes había muerto Ramón, un niño de su edad, de leucemia. Ramón y Carmen eran los últimos de seis que habían perdido la vida después de que les diagnosticaran un cáncer. En el mismo barrio y en los dos últimos años, distintos tipos de esa enfermedad se estaban apoderando de sus vecinos sin distinguir edades ni condición social. Años más tarde, después de decenas de muertes, el ayuntamiento ordenó retirar las gigantescas torres de electricidad que atravesaban la calle principal.
Eran pequeños y traviesos, pero dejaron los juegos y los gritos de inmediato. No logra recordar que hicieron a partir de ese momento y durante el resto de aquel día, pero sí de que en algún momento de la tarde vieron bajar entre varias personas un ataúd por las escaleras. Esa imagen permanece en su memoria como la de su madre bañada en sudor y bajando por esas mismas escaleras dos días antes, sujetada por su padre desde atrás y ella agarrándose a la enorme barriga; iban a por otra hermanita.
Durante mucho tiempo intentó averiguar qué razón tendría la señora Carmen para ir a su habitación justo antes de morir. Quiso su mente infantil creer que durante su ascenso al cielo hizo una parada en el cuarto piso, en la casa de sus vecinos, quizá para dejar algún tipo de mensaje; algo así como pedir protección para su hija. Pero cada vez se le hacía más difícil creer en ese cielo. Era creyente sólo porque sus padres no lo eran, por llevar la contraria, y lo fue hasta que se dio cuenta de que para ser feliz debía pecar.
De tanto leer a Philip K. Dick le da por pensar que quizá nada de todo eso sucedió, que simplemente lo sueña desde otra dimensión, desde la muerte. Tal vez, en realidad, quien estaba allí llorando era su madre por su muerte y por eso no sentía ningún miedo. Así, todo lo que ha vivido desde entonces no es más que un recuerdo que se va desvaneciendo, poco a poco.
VARIANTE
Corría el año 1982. Los dibujos animados del sábado a las tres y media de la tarde los protagonizaba una naranja del sexo masculino que era la mascota del mundial de fútbol. A mí no me gustaba “Fútbol en Acción” ni su protagonista Naranjito y, en aquellos primeros años de mi vida, tampoco el fútbol. Así que nunca seguí con atención ni una cosa ni la otra. La primera vez que escuché discos de vinilo fue en casa de nuestros vecinos. La niña del tercero tenía un tocadiscos portátil en el que ponía una y otra vez “Don Diablo” de Miguel Bosé en la versión de Parchís. Siempre quise tener un tocadiscos como el suyo para poder poner cualquier otra canción. Años después oí a una niña del colegio en la hora del recreo cantar “Ni Tú Ni Nadie” de Alaska y Dinarama y logré que me regalaran por mi cumpleaños, después de insistir mucho, el single de esa canción. La parte que más me gusta recordar es cuando se le unió todo un grupo de sus amigas y cantaron al unísono, saltando y riendo, la parte de “mil campanas suenan en mi corazón...”. Pero estábamos en que corría el año 1982 y mi vecina del tercero y su disco de Parchís. Pues bien, una noche me despertaron los sollozos de una mujer arrodillada a los pies de mi cama. Era la madre de la niña del tercero. Aún no sé qué quiso decirme con esa visita ni cómo entró. Si pretendía que fuese el mejor amigo de su hija, no lo consiguió. No entendí el mensaje, yo sólo tenía 8 años y aún no estaba familiarizado con el lenguaje de los adultos. Me miró con ternura. Me acarició. Sus manos olían a cebolla. Dejó el tocadiscos portátil de su hija en el suelo y se fue. De vez en cuando todavía pongo Don Diablo, pero como mínimo dos veces al día lo que se puede oír es “...fuiste tú el culpable o lo fui yo ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme...”.
Corría 1982 y los dibujos animados del sábado a las tres de la tarde los protagonizaba una naranja del sexo masculino que además era la mascota del mundial de fútbol, pero no le gustaban los dibujos de Naranjito y, en aquellos primeros años de su vida, aún menos el fútbol. Así que nunca siguió con atención ni una cosa ni la otra. Ahora, cuando revive recuerdos de esa época, aparecen entremezcladas conversaciones, travesuras y alguna canción que sonaba en la radio de su madre. Ella solía escuchar a Manolo Escobar, El Fary o a Los Chichos. No tiene nada en contra de ese estilo musical, pero envidia a los que en su infancia sus padres les ponían discos de Miles Davis, Cat Stevens o Bob Dylan. Incluso a los que escuchaban Triana o Lluis Llach les tiene mucha envidia. Los primeros discos en vinilo que escuchó fue en casa de sus vecinos. La niña del tercero tenía un tocadiscos portátil en el que hacía sonar una y otra vez la canción Don Diablo de Miguel Bosé, pero en la versión del grupo infantil Parchís. Siempre quiso tener un tocadiscos igual que el de ella para poder poner cualquier otra canción, pero no llegó hasta muchos años después. Antes llegaría un walkman de cassette y una cinta de Alaska y Dinarama. Eso fue cuando estaba en octavo de E.G.B., le regalaron la cinta "Deseo Carnal" después de insistir mucho por su cumpleaños. Se obsesionó con la canción "Ni Tú Ni Nadie" después de oír como la cantaba una niña. Sobre todo le gustaba cuando se le unía todo un grupo de chicas y cantaban al unísono, saltando y riendo, la parte de "mil campanas suenan en mi corazón" mientras los demás esperaban en fila antes de entrar cada curso a su clase. Sentía un amor intenso, sincero y profundo por Alaska y jamás se perdió el programa de los sábados por la mañana "La Bola de Cristal". Más adelante conseguiría las cintas de las bandas sonoras de Breakdance y Beat Street y muchos megamixes de finales de los ochenta, pero esa es otra historia, sigamos en el 82.Un día, en clase de tercero, una niña que se llamaba Tere les anunció a todos con absoluta solemnidad y en mitad del aula que en 1984 se acabaría el mundo. Que lo había anunciado un tal Nosferatu y que siempre acertaba en sus predicciones. Vaya dos años les hizo pasar la niña. Se lo habrían ahorrado si se hubiesen acercado a una biblioteca a consultar en algunos libros y así esclarecer lo que supieron años más tarde, que Tere confundía el nombre de Nostradamus con el de un vampiro y que el año anunciado era el 3797 y no el 1984. Aunque en cierta forma fue verdad, para mucha gente entonces acabó el mundo, su mundo... pero aún quedan dos para llegar a ese Orwelliano año, y aunque es posible que ahora mezcle recuerdos, sabe perfectamente qué pasó una noche de aquel ya lejano 1982. Estaba durmiendo cuando los gemidos y lamentos que provenían de una mujer arrodillada en el suelo de su habitación le despertaron. Lloraba como las personas que lo han perdido todo. Era extraño, porque sentía tranquilidad y paz, y en ningún momento se asustó. Tenía claro que no se trataba de su madre, era imposible. Quien estaba allí era su vecina, la madre de la niña del tocadiscos. Cómo pudo entrar esa mujer en su casa es todavía un misterio, y por qué se postró en el suelo de su habitación también lo es. Pero el mayor misterio es lo que sucedió al día siguiente a primera hora de la mañana, cuando jugando con su hermana -ya llevaban rato en plena batalla arrastrando sillas por el pasillo y cantando como locos la canción Don Diablo- llamaron al timbre de casa. Abrieron la puerta y se asomó una señora que les instó a que dejaran de hacer tanto ruido, en el piso de abajo estaban velando a la señora Carmen que acababa de fallecer y debían mostrar más respeto. Con ocho años ya estaba familiarizado con la enfermedad. En la misma calle pocos días antes había muerto Ramón, un niño de su edad, de leucemia. Ramón y Carmen eran los últimos de seis que habían perdido la vida después de que les diagnosticaran un cáncer. En el mismo barrio y en los dos últimos años, distintos tipos de esa enfermedad se estaban apoderando de sus vecinos sin distinguir edades ni condición social. Años más tarde, después de decenas de muertes, el ayuntamiento ordenó retirar las gigantescas torres de electricidad que atravesaban la calle principal.
Eran pequeños y traviesos, pero dejaron los juegos y los gritos de inmediato. No logra recordar que hicieron a partir de ese momento y durante el resto de aquel día, pero sí de que en algún momento de la tarde vieron bajar entre varias personas un ataúd por las escaleras. Esa imagen permanece en su memoria como la de su madre bañada en sudor y bajando por esas mismas escaleras dos días antes, sujetada por su padre desde atrás y ella agarrándose a la enorme barriga; iban a por otra hermanita.
Durante mucho tiempo intentó averiguar qué razón tendría la señora Carmen para ir a su habitación justo antes de morir. Quiso su mente infantil creer que durante su ascenso al cielo hizo una parada en el cuarto piso, en la casa de sus vecinos, quizá para dejar algún tipo de mensaje; algo así como pedir protección para su hija. Pero cada vez se le hacía más difícil creer en ese cielo. Era creyente sólo porque sus padres no lo eran, por llevar la contraria, y lo fue hasta que se dio cuenta de que para ser feliz debía pecar.
De tanto leer a Philip K. Dick le da por pensar que quizá nada de todo eso sucedió, que simplemente lo sueña desde otra dimensión, desde la muerte. Tal vez, en realidad, quien estaba allí llorando era su madre por su muerte y por eso no sentía ningún miedo. Así, todo lo que ha vivido desde entonces no es más que un recuerdo que se va desvaneciendo, poco a poco.
VARIANTE
Corría el año 1982. Los dibujos animados del sábado a las tres y media de la tarde los protagonizaba una naranja del sexo masculino que era la mascota del mundial de fútbol. A mí no me gustaba “Fútbol en Acción” ni su protagonista Naranjito y, en aquellos primeros años de mi vida, tampoco el fútbol. Así que nunca seguí con atención ni una cosa ni la otra. La primera vez que escuché discos de vinilo fue en casa de nuestros vecinos. La niña del tercero tenía un tocadiscos portátil en el que ponía una y otra vez “Don Diablo” de Miguel Bosé en la versión de Parchís. Siempre quise tener un tocadiscos como el suyo para poder poner cualquier otra canción. Años después oí a una niña del colegio en la hora del recreo cantar “Ni Tú Ni Nadie” de Alaska y Dinarama y logré que me regalaran por mi cumpleaños, después de insistir mucho, el single de esa canción. La parte que más me gusta recordar es cuando se le unió todo un grupo de sus amigas y cantaron al unísono, saltando y riendo, la parte de “mil campanas suenan en mi corazón...”. Pero estábamos en que corría el año 1982 y mi vecina del tercero y su disco de Parchís. Pues bien, una noche me despertaron los sollozos de una mujer arrodillada a los pies de mi cama. Era la madre de la niña del tercero. Aún no sé qué quiso decirme con esa visita ni cómo entró. Si pretendía que fuese el mejor amigo de su hija, no lo consiguió. No entendí el mensaje, yo sólo tenía 8 años y aún no estaba familiarizado con el lenguaje de los adultos. Me miró con ternura. Me acarició. Sus manos olían a cebolla. Dejó el tocadiscos portátil de su hija en el suelo y se fue. De vez en cuando todavía pongo Don Diablo, pero como mínimo dos veces al día lo que se puede oír es “...fuiste tú el culpable o lo fui yo ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme...”.
Olor a madera vieja y libros nuevos
Los tablones del suelo de la librería crujen bajo mis pies mientras avanzo hasta llegar a la sección de novedades. De entre todas las cubiertas hay una que capta mi atención; en ella aparece dibujado un barco que navega en alta mar.
El sonido que emite la madera a cada pisada de los clientes mientras caminamos en silencio, me invita a construir una banda sonora para esa novela. El ejercicio consiste en cerrar los ojos y evocar el graznido de una gaviota o los chillidos de un albatros, el ulular del viento y las olas rompiendo en la quilla. Ahora, en lugar de ratones de biblioteca, somos marineros que perezosamente contemplamos el mar desde un navío del siglo XIX. Abro de nuevo los ojos, alcanzo la novela y empiezo a pasar las páginas distraídamente. Pero estar aquí rodeado de miles de libros, entre aromas que mezclan lo nuevo y lo viejo -algo mohoso, al que sólo le faltaría añadir un punto avinagrado- y esa novela, sobre todo esa novela, me llevan a otro lugar en calmada transición…
La última vez que vi a P.J. andaba arrastrando los pies, se detenía en todos los cubos de basura y revolvía en su interior. Empujaba un carrito de supermercado repleto de cartones y mantas sucias. Era un vagabundo más, algo corriente en estos tiempos.
Yo conducía la furgoneta del trabajo y ya iba retrasado con el reparto. De todas formas tampoco podía detenerme allí, la calle era de un sólo carril y hubiese detenido el tráfico.
Aminoré la marcha cuando llegué a su lado, pero en ese momento P.J. estaba totalmente entregado a la tarea de conseguir algunas monedas de una cabina de teléfonos. La estaba emprendiendo a golpes con ella usando una violencia impropia en él.
De ese episodio ya han pasado unos cuatro años y trece desde nuestra última conversación. No había vuelto a pensar en P.J. desde entonces.
Le conocí en la época que yo atendía en una vieja bodega del centro en la que sólo se vendía vino a granel. Ataviado con un delantal de color verde me pasaba el día entero leyendo novelas detrás del mostrador. Mi sueldo dependía de unos pocos clientes y de siete barriles de distintos vinos y licores. Era mi primera faena, la primera de una larga lista de trabajos mal pagados que siempre he aceptado porque, por encima de todo, me han permitido leer.
Aquel verano terminé mi caja de los libros pendientes y gané suficiente dinero para volverla a llenar y poder afrontar el invierno bien abastecido de clásicos. Eran títulos universales que hacían de mi momento de lectura una parte crucial de la jornada; una especie de cosquillas intelectuales, un cariño para la mente, una sensación casi erótica, una dosis de disfrute mental inconfundible. Sentía que recorría distancias, me empapaba de humanidad. Veía con más claridad.
Todas las mañanas, sin excepción, P.J. entraba con una garrafa de cristal que llenaba del vino tinto más barato, pagaba y se iba. Era un hombre pulcro, siempre bien afeitado, de unos treinta años, solitario y que siempre vestía de gris. No abría la boca mas que para dar los buenos días cuando llegaba y las gracias cuando le devolvía el cambio.
Es curioso, no recuerdo muchas de las conversaciones que mantuvimos, pero sí cuál fue la primera frase que me dijo. La recuerdo bien porque tiene que ver con mi novela favorita de aventuras.
P.J. señaló el libro que sostenía en mi mano izquierda mientras le estaba cobrando y después de preguntarme si me estaba gustando, me dijo que él estaba traduciendo otra obra del mismo autor.
Una editorial le había encargado la traducción de algunos relatos hasta entonces inéditos en nuestro país. Luego me prometió que me regalaría un ejemplar si a cambio yo le hacía algún descuento.
Al principio no le creí. Que estuviera traduciendo a un escritor tan importante -quizá el más grande de los novelistas norteamericanos de la historia- y que precisamente yo estuviera leyendo una de sus obras en ese momento, me parecía una casualidad algo forzada. Pero resultó ser todo cierto.
Pocos meses después, un día lluvioso del mes de abril, P.J. se acercó con un ejemplar que le acababa de llegar de la editorial y me lo regaló dibujando una sonrisa en su rostro. Se sentía orgulloso y tenía razones para estarlo. Era una edición muy bonita, olía bien -siempre huelo los libros- y el diseño de la cubierta era un detalle de “El jardín de las delicias” de El Bosco. Leí el título, el nombre del autor y del traductor, y ahí estaba P.J., y yo tenía el privilegio de tenerle justo a mi lado, de conocerle en persona.
Habíamos conversado mucho, aunque sólo a razón de unos diez minutos diarios y siempre sobre lo mismo: Chesterton, Melville, Dickens, Mark Twain... en fin, clásicos de la literatura. Aunque también hablamos de jazz. Sí, la música también le gustaba. Decía que para él era necesaria. Si quería escribir y concentrarse, era imprescindible poner discos de Miles Davis, McCoy Tyner, Grant Green o cualquiera de los muchos en los que Elvin Jones, su baterista favorito, apareciese en los créditos. A Love Supreme de John Coltrane me lo citó tantas veces, que terminé por rendirme e ir a una tienda de discos a encargarlo. Ahora es uno de los álbumes que más suena en mi equipo de música. Supongo que es un disco fundamental para cualquier amante del jazz.
John Coltrane murió muy joven, sólo tenía cuarenta años cuando un cáncer, a consecuencia del abuso del alcohol, acabó con él.
A pesar de que P.J. me contó esa parte de la vida de Coltrane, nunca me había hablado de sus problemas con el alcohol. Nunca hablamos de eso, ni de su familia ni de la mía ni nada relacionado con nuestras vidas. Sólo literatura y jazz mientras fumábamos un cigarrillo tras otro de mis cajetillas de Winston.
Ese día, el que me regaló el libro, después de quitarse el chubasquero y una vez se hubo secado las gotas de lluvia de sus gafas, me miró de forma distinta y me dijo que se iba por un tiempo, que necesitaba alejarse y dejar algunas cosas atrás. Me aseguró que estaría bien, iba a cuidar de él un viejo amigo de la infancia al que también le gustaba mucho la literatura. Le gustaba tanto Julio Cortázar que había bautizado con el título de uno de sus relatos la Casa Rural en la que vivían él y los niños errantes. El amigo se llamaba Julián y llamaba “niños errantes” a todos los que pasaban temporadas en La Casa Tomada.
Esa fue su primera y única confesión, y ya no volví a verle de nuevo hasta aquel fatídico día en el que luchaba por unas monedas contra una cabina.
Reprimiendo una enorme alegría, casi con lágrimas en los ojos, me acerco a la cajera con la novela entre mis manos. ¿Hacen descuento con la tarjeta de la biblioteca?
Entre olores a madera vieja y libros nuevos, hoy vuelvo a saber de él. En la cubierta del libro hay dibujado un barco ballenero y, en la tercera página como traductor y prologuista, aparece el nombre de P.J.
Esta vez no puedo esperar a que me lo regale.
El sonido que emite la madera a cada pisada de los clientes mientras caminamos en silencio, me invita a construir una banda sonora para esa novela. El ejercicio consiste en cerrar los ojos y evocar el graznido de una gaviota o los chillidos de un albatros, el ulular del viento y las olas rompiendo en la quilla. Ahora, en lugar de ratones de biblioteca, somos marineros que perezosamente contemplamos el mar desde un navío del siglo XIX. Abro de nuevo los ojos, alcanzo la novela y empiezo a pasar las páginas distraídamente. Pero estar aquí rodeado de miles de libros, entre aromas que mezclan lo nuevo y lo viejo -algo mohoso, al que sólo le faltaría añadir un punto avinagrado- y esa novela, sobre todo esa novela, me llevan a otro lugar en calmada transición…
La última vez que vi a P.J. andaba arrastrando los pies, se detenía en todos los cubos de basura y revolvía en su interior. Empujaba un carrito de supermercado repleto de cartones y mantas sucias. Era un vagabundo más, algo corriente en estos tiempos.
Yo conducía la furgoneta del trabajo y ya iba retrasado con el reparto. De todas formas tampoco podía detenerme allí, la calle era de un sólo carril y hubiese detenido el tráfico.
Aminoré la marcha cuando llegué a su lado, pero en ese momento P.J. estaba totalmente entregado a la tarea de conseguir algunas monedas de una cabina de teléfonos. La estaba emprendiendo a golpes con ella usando una violencia impropia en él.
De ese episodio ya han pasado unos cuatro años y trece desde nuestra última conversación. No había vuelto a pensar en P.J. desde entonces.
Le conocí en la época que yo atendía en una vieja bodega del centro en la que sólo se vendía vino a granel. Ataviado con un delantal de color verde me pasaba el día entero leyendo novelas detrás del mostrador. Mi sueldo dependía de unos pocos clientes y de siete barriles de distintos vinos y licores. Era mi primera faena, la primera de una larga lista de trabajos mal pagados que siempre he aceptado porque, por encima de todo, me han permitido leer.
Aquel verano terminé mi caja de los libros pendientes y gané suficiente dinero para volverla a llenar y poder afrontar el invierno bien abastecido de clásicos. Eran títulos universales que hacían de mi momento de lectura una parte crucial de la jornada; una especie de cosquillas intelectuales, un cariño para la mente, una sensación casi erótica, una dosis de disfrute mental inconfundible. Sentía que recorría distancias, me empapaba de humanidad. Veía con más claridad.
Todas las mañanas, sin excepción, P.J. entraba con una garrafa de cristal que llenaba del vino tinto más barato, pagaba y se iba. Era un hombre pulcro, siempre bien afeitado, de unos treinta años, solitario y que siempre vestía de gris. No abría la boca mas que para dar los buenos días cuando llegaba y las gracias cuando le devolvía el cambio.
Es curioso, no recuerdo muchas de las conversaciones que mantuvimos, pero sí cuál fue la primera frase que me dijo. La recuerdo bien porque tiene que ver con mi novela favorita de aventuras.
P.J. señaló el libro que sostenía en mi mano izquierda mientras le estaba cobrando y después de preguntarme si me estaba gustando, me dijo que él estaba traduciendo otra obra del mismo autor.
Una editorial le había encargado la traducción de algunos relatos hasta entonces inéditos en nuestro país. Luego me prometió que me regalaría un ejemplar si a cambio yo le hacía algún descuento.
Al principio no le creí. Que estuviera traduciendo a un escritor tan importante -quizá el más grande de los novelistas norteamericanos de la historia- y que precisamente yo estuviera leyendo una de sus obras en ese momento, me parecía una casualidad algo forzada. Pero resultó ser todo cierto.
Pocos meses después, un día lluvioso del mes de abril, P.J. se acercó con un ejemplar que le acababa de llegar de la editorial y me lo regaló dibujando una sonrisa en su rostro. Se sentía orgulloso y tenía razones para estarlo. Era una edición muy bonita, olía bien -siempre huelo los libros- y el diseño de la cubierta era un detalle de “El jardín de las delicias” de El Bosco. Leí el título, el nombre del autor y del traductor, y ahí estaba P.J., y yo tenía el privilegio de tenerle justo a mi lado, de conocerle en persona.
Habíamos conversado mucho, aunque sólo a razón de unos diez minutos diarios y siempre sobre lo mismo: Chesterton, Melville, Dickens, Mark Twain... en fin, clásicos de la literatura. Aunque también hablamos de jazz. Sí, la música también le gustaba. Decía que para él era necesaria. Si quería escribir y concentrarse, era imprescindible poner discos de Miles Davis, McCoy Tyner, Grant Green o cualquiera de los muchos en los que Elvin Jones, su baterista favorito, apareciese en los créditos. A Love Supreme de John Coltrane me lo citó tantas veces, que terminé por rendirme e ir a una tienda de discos a encargarlo. Ahora es uno de los álbumes que más suena en mi equipo de música. Supongo que es un disco fundamental para cualquier amante del jazz.
John Coltrane murió muy joven, sólo tenía cuarenta años cuando un cáncer, a consecuencia del abuso del alcohol, acabó con él.
A pesar de que P.J. me contó esa parte de la vida de Coltrane, nunca me había hablado de sus problemas con el alcohol. Nunca hablamos de eso, ni de su familia ni de la mía ni nada relacionado con nuestras vidas. Sólo literatura y jazz mientras fumábamos un cigarrillo tras otro de mis cajetillas de Winston.
Ese día, el que me regaló el libro, después de quitarse el chubasquero y una vez se hubo secado las gotas de lluvia de sus gafas, me miró de forma distinta y me dijo que se iba por un tiempo, que necesitaba alejarse y dejar algunas cosas atrás. Me aseguró que estaría bien, iba a cuidar de él un viejo amigo de la infancia al que también le gustaba mucho la literatura. Le gustaba tanto Julio Cortázar que había bautizado con el título de uno de sus relatos la Casa Rural en la que vivían él y los niños errantes. El amigo se llamaba Julián y llamaba “niños errantes” a todos los que pasaban temporadas en La Casa Tomada.
Esa fue su primera y única confesión, y ya no volví a verle de nuevo hasta aquel fatídico día en el que luchaba por unas monedas contra una cabina.
Reprimiendo una enorme alegría, casi con lágrimas en los ojos, me acerco a la cajera con la novela entre mis manos. ¿Hacen descuento con la tarjeta de la biblioteca?
Entre olores a madera vieja y libros nuevos, hoy vuelvo a saber de él. En la cubierta del libro hay dibujado un barco ballenero y, en la tercera página como traductor y prologuista, aparece el nombre de P.J.
Esta vez no puedo esperar a que me lo regale.
Este relato está basado en hechos reales alterando pequeños detalles. Quiero dar las gracias a Karo por permitirme que le "sampleara" uno de sus posts del blog Libro_génica y por leer el borrador y darme su opinión.
Gracias también a Xivi por corregir partes del texto y a todos los que prestaron sus oídos en La Jam Literaria del 18/09/2011.
Y si cambio de idea...
Hace un año y medio desde que aplasté mi último cigarro. Entonces me dije que después de aquel no fumaría más y que no me permitiría ni una sola calada. Hice esa promesa, que hasta día de hoy he cumplido a rajatabla, convencido y empujado por la derrota del momento, aunque ahora, pensándolo bien, creo que me precipité en tomar tan firme decisión. No es que me arrepienta de haber dejado el hábito, ni mucho menos. Me siento mejor ahora; es genial degustar otra vez con gran placer la comida. Además ya no me mareo cuando se hace necesario echar a correr (ahora hago deporte y ya no pierdo el tren casi nunca). No, no es eso lo que me agobia. Lo que de verdad me fastidia es haber tomado una decisión inamovible. Nunca me ha gustado prometer nada. Mantener opiniones que no puedan estar sujetas a cambios en el futuro me hacen pensar en regímenes dictatoriales. Me gusta lo que me gusta ahora y he aprendido a aceptar que no me guste lo que me gustó en el pasado. Mi yo de entonces estaría encantado con esa forma de pensar. O no. No lo sé. Respeto las decisiones y los gustos de mis anteriores yoes, pero prometer que nunca más harás alguna cosa es como decir que nunca cambiarás de idea sobre algo aunque se confirme que estabas equivocado.
Ya veo la escena. Yo con ochenta años, en un porche, sentado en una mecedora y sosteniendo un libro. En una mesita hay café y algún licor que todavía no he probado en mi vida. Discuto con el otro yo, el de treinta y seis. Le digo que de ahora en adelante quiero fumar de vez en cuando, que por su culpa me he estado reprimiendo durante más de cuarenta años. Pero el yo de treinta y seis ya no puede opinar al respecto. Aunque seguramente, si pudiera, le diría que es gracias a él que ahora tiene esa calidad de vida, pero que sí, que se fume algún cigarro de vez en cuando y que lo haga a su salud.
Ya veo la escena. Yo con ochenta años, en un porche, sentado en una mecedora y sosteniendo un libro. En una mesita hay café y algún licor que todavía no he probado en mi vida. Discuto con el otro yo, el de treinta y seis. Le digo que de ahora en adelante quiero fumar de vez en cuando, que por su culpa me he estado reprimiendo durante más de cuarenta años. Pero el yo de treinta y seis ya no puede opinar al respecto. Aunque seguramente, si pudiera, le diría que es gracias a él que ahora tiene esa calidad de vida, pero que sí, que se fume algún cigarro de vez en cuando y que lo haga a su salud.
Tortazos y risa
Recuerdo por igual la niebla, el olor a leña ardiendo y las filas y filas de bombillas alineadas y de distintos colores iluminando las calles. Los escaparates, también iluminados, en los que dejaba una huella grasienta en los cristales después de apoyar en ellos mi frente, ofrecían algo que jamás podría obtener (ni siquiera creyendo en la magia de esas fechas). Vestía pantalones de pana, leotardos, camiseta de invierno de la marca Damart, jersey de lana, anorak y guantes de portero de fútbol que, como ocurría con casi toda mi ropa, me iban grandes. Cargaba una maleta repleta de libros y libretas que pesaba una barbaridad -tanto para un niño de nueve años como para un hombre de treinta era un peso excesivo y fatal para la espalda-.
En el cine viejo ya habían cambiado los carteles. El domingo iría a ver una de Bruce Lee, como casi todas las semanas, y una de Bud Spencer y Terence Hill. Un domingo de tortazos y risa.
En el cine viejo ya habían cambiado los carteles. El domingo iría a ver una de Bruce Lee, como casi todas las semanas, y una de Bud Spencer y Terence Hill. Un domingo de tortazos y risa.
El cine, el colegio y los libros de aventuras borraban los días amargos. Las ausencias.
Los demás niños intercambiaban cromos en los que aparecían jugadores de fútbol de los que yo no conocía ningún nombre, apenas sí conocía dos o tres equipos. También jugaban al deporte rey y yo lo veía todo desde la ventana mientras escuchaba la radio y pasaba despacio, muy despacio, las páginas de un ejemplar de la revista Cimoc. Cuando muera no me llevéis flores, haríais mucho mejor si me las dais ahora.
El Aaiún
En el centro de una enorme sala podemos ver una inmensa tarta que reproduce al mínimo detalle uno de los edificios más emblemáticos de la empresa que ofrece la fiesta. Alrededor del pastel hay hombres y mujeres vestidos de etiqueta. Parecen políticos o empresarios, que viene a ser lo mismo, -definitivamente el sol no sale igual para todos-. Hablan entre ellos, hay sonrisas (falsas y auténticas), coqueteos (todos falsos), saludos, apretones de mano y abrazos. Todos sostienen en sus manos copas de distintos licores. No faltan canapés. Todos afirman estar de acuerdo con el mensaje del Papa en su reciente y veloz visita: "los fieles españoles deben ser valientes y defender la familia tradicional, además de rechazar el aborto".Mientras tanto llegan noticias desde El Aaiún: Agentes marroquíes han desmantelado un campamento saharaui. Los militares han lanzado gases lacrimógenos de madrugada. Han quemado jaimas. Hay duros enfrentamientos y muertos y desaparecidos. Mujeres y niños huyen por el desierto...
En el centro de una enorme sala podemos ver un inmenso montón de excrementos que reproduce al mínimo detalle una tarta con forma de edificio. Alrededor hay centenares de moscas. Han decidido ser valientes y defender la familia tradicional, defender también a los que aún no han nacido e ignorar a los vivos.
Ahora todas las moscas prestan atención únicamente a su mierda. Una mierda disfrazada, eso sí, pero mierda al fin y al cabo.
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Esborrany: primer intent, segona part
¿VAL MÉS BOIG CONEGUT QUE SAVI PER CONÈIXER?
El meu pare sempre va ser aficionat a les càmeres. No, no és veritat. Només les comprava. Comprava càmeres, joguines i d'altres andròmines que després mai no feia servir i que, a més a més, les guardava amb un zel que m'indignava. Sempre va ser un comprador compulsiu.
Tot indica que res ha canviat.
Jo, tot i ser una mica pallús, amb només sis anys ja arribava a la conclusió innocent que el meu pare hauria pogut invertir els malaguanyats diners, alguna que altra vegada, en coses més útils i no només en els seus capricis. Desitjava que se'ls gastés, per posar un exemple, en joguines per a mi i per a la meva germana o, com a mínim, que ens comprés alguna cinta de casset (jo ja n'estava ben tip d'escoltar sempre Formula V al cotxe).
Però noi, s'havien capgirat els papers; jo era l'adult que agafava de la mà a un nen de trenta anys per acompanyar-lo a les botigues de joguines. Ell badava més que no pas jo i només recuperava de nou el seu rol d'adult quan en el moment de pagar deixava en el taulell tot el que havia triat i esperava el seu torn amb la bitlletera en una mà mentre amb l'altra encenia una cigarreta. Quan sortíem de la botiga es transformava de nou en un nen feliç, amb una bossa plena de cotxes i trens a la mà.
Aquestes joguines acabarien invariablement tancades amb cadenat en un armariet blanc amb una creu vermella pintada a la porta i que en altre temps havia fet la funció de farmaciola. Un armari al que mai jo no hi tindria accés. És ben absurd com posava tot aquest afany en amagar les joguines i en canvi em vaig iniciar ben aviat en el món del sexe gràcies a la seva despreocupada manera d'ocultar les seves revistes per adults. També vaig adquirir l'afició a llegir, tot s'ha de dir, perquè sempre duia a sobre alguna novel·la de l'oest de Marcial Lafuente Estefania o Silver Kane. De fet vaig llegir abans històries de vaquers que El Zoo d'en Pitus.
¡Mira que en va arribar a posseir de càmeres! Potser encara les conserva el pobre beneit. Però no les utilitzava. Era feliç quan malbaratava els diners i prou. Un diumenge esborradís de primavera, a principis dels vuitanta, és un dels pocs dies que en comptes d'anar al bar a fer un vermut va decidir sortir a passejar i fer-nos una sessió fotogràfica (suposo que va ser la meva iaia qui va tenir la brillant idea). En aquelles velles imatges tots dos anem vestits amb unes pintes horroroses, però el pitjor és que ens va fer posar enmig d'unes vinyes i aquest detall fa que encara se'ns vegi més patètics; jo amb corbata de pell vermella i descansant una mà en un cep i la meva germana recolzada a la meva espatlla són, per dignitat, els únics punts que m'atreveixo a descriure. Quan les he tornat a veure, en comptes d'un babau hi veig a un freak, però eren els vuitanta i tothom feia més o menys la mateixa fila. Encara que ho sembli no dic tot això amb rancúnia. No n'hi guardo gens. Només exposo els fets. En el fons està tot perdonat. Em fa més bé no tenir cap ressentiment. Però també és veritat que és absolutament necessari explicar tot això perquè s'entengui tot plegat.
El meu pare sempre va ser aficionat a les càmeres. No, no és veritat. Només les comprava. Comprava càmeres, joguines i d'altres andròmines que després mai no feia servir i que, a més a més, les guardava amb un zel que m'indignava. Sempre va ser un comprador compulsiu.
Tot indica que res ha canviat.
Jo, tot i ser una mica pallús, amb només sis anys ja arribava a la conclusió innocent que el meu pare hauria pogut invertir els malaguanyats diners, alguna que altra vegada, en coses més útils i no només en els seus capricis. Desitjava que se'ls gastés, per posar un exemple, en joguines per a mi i per a la meva germana o, com a mínim, que ens comprés alguna cinta de casset (jo ja n'estava ben tip d'escoltar sempre Formula V al cotxe).
Però noi, s'havien capgirat els papers; jo era l'adult que agafava de la mà a un nen de trenta anys per acompanyar-lo a les botigues de joguines. Ell badava més que no pas jo i només recuperava de nou el seu rol d'adult quan en el moment de pagar deixava en el taulell tot el que havia triat i esperava el seu torn amb la bitlletera en una mà mentre amb l'altra encenia una cigarreta. Quan sortíem de la botiga es transformava de nou en un nen feliç, amb una bossa plena de cotxes i trens a la mà.
Aquestes joguines acabarien invariablement tancades amb cadenat en un armariet blanc amb una creu vermella pintada a la porta i que en altre temps havia fet la funció de farmaciola. Un armari al que mai jo no hi tindria accés. És ben absurd com posava tot aquest afany en amagar les joguines i en canvi em vaig iniciar ben aviat en el món del sexe gràcies a la seva despreocupada manera d'ocultar les seves revistes per adults. També vaig adquirir l'afició a llegir, tot s'ha de dir, perquè sempre duia a sobre alguna novel·la de l'oest de Marcial Lafuente Estefania o Silver Kane. De fet vaig llegir abans històries de vaquers que El Zoo d'en Pitus.
¡Mira que en va arribar a posseir de càmeres! Potser encara les conserva el pobre beneit. Però no les utilitzava. Era feliç quan malbaratava els diners i prou. Un diumenge esborradís de primavera, a principis dels vuitanta, és un dels pocs dies que en comptes d'anar al bar a fer un vermut va decidir sortir a passejar i fer-nos una sessió fotogràfica (suposo que va ser la meva iaia qui va tenir la brillant idea). En aquelles velles imatges tots dos anem vestits amb unes pintes horroroses, però el pitjor és que ens va fer posar enmig d'unes vinyes i aquest detall fa que encara se'ns vegi més patètics; jo amb corbata de pell vermella i descansant una mà en un cep i la meva germana recolzada a la meva espatlla són, per dignitat, els únics punts que m'atreveixo a descriure. Quan les he tornat a veure, en comptes d'un babau hi veig a un freak, però eren els vuitanta i tothom feia més o menys la mateixa fila. Encara que ho sembli no dic tot això amb rancúnia. No n'hi guardo gens. Només exposo els fets. En el fons està tot perdonat. Em fa més bé no tenir cap ressentiment. Però també és veritat que és absolutament necessari explicar tot això perquè s'entengui tot plegat.
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Esborrany: primer intent
DE VEGADES...
Tot això ha succeït, més o menys. S'ha d'aclarir, tanmateix, que els moments més durs i que pertanyen a la realitat superen amb escreix els inventats. De fet, els inventats, no fan cap mal. També són inventats els noms dels personatges per tal d'evitar pagar drets d'autor als seus pares i en darrera instància a l'Sgae. La banda sonora, mentre no soni, no es paga.
Qualsevol semblança amb la realitat és real.
És veritat que hi havia una infermera que s'enfadava per minúcies amb alguns malalts i que, en aquestes ocasions, els parlava molt malament. Però també és cert que, de vegades, aquesta mateixa infermera era inusitadament amable.
De vegades, els ocells fan cagarades.
Una veritat més: el doctor no va estar encertat en les formes quan ens va donar un primer diagnòstic ni tampoc triant el lloc on ens el va transmetre. Sense cap mena de dubte, es pot afirmar que és un gran oncòleg i, suposo, que aquesta reputació l'ha convertit, també, en un gran especialista a defugir tota mena de sentiments envers els seus pacients. Potser té por de caure en una terrible depressió si es posa en el lloc del malalt o si li mostra certa empatia. No ho sabria dir. Malgrat tot, sempre l'exculpo davant l'allau de retrets que rep quan s'evoca l'escena a les reunions familiars i argumento a favor del doctor Molí que potser aquell fatídic i kafkià dia es pensava que ja havíem estat informats sobre la malaltia que jo patia quan, d'aquella manera tan poc adient, ens va parlar per primera vegada del limfoma de Hodking. El defenso argüint que ens estava fent un favor en dedicar-nos aquell valuós temps destinat a algú altre i així evitar una llarga llista d'espera. Per això, fins a cert punt, entenc la seva actitud. Perquè crec que ell es pensava que ja sabíem de què ens parlava quan ens va atendre després que l'otorinolaringòleg —que és amic de la família—, ho hagués fet poca estona abans per tot seguit adreçar-nos a ell. Segur que no és habitual que cap pacient vagi a la planta d'oncologia per a rebre informació sense tenir abans el diagnòstic definitiu de la seva malaltia, tal i com va ocórrer en el meu cas. A més —continuo explicant— jo prefereixo saber-ho tot, sigui bo o dolent, des del començament i sense rodejos.
Ara bé, si he de ser del tot sincer, quan em quedo sol, abstret en els meus pensaments, he d'admetre que el doctor Molí va cagar-la de ple aquell dia i que ja està condemnat tot i les moltes coartades que jo li vulgui o li aconsegueixi proporcionar.
Cal dir, a pesar d'això, que si estic curat és gràcies a ell i que ha donat resposta a tots els meus dubtes i ha aconseguit que els efectes secundaris del tractament fossin més suportables. Sempre li estaré agraït, encara que jo també hi he posat molt d'entusiasme en tot el procés, de fet, d'això precisament tracta aquest escrit: l'estat d'ànim és cabdal si es vol superar o acceptar una malaltia.
Tot això ha succeït, més o menys. S'ha d'aclarir, tanmateix, que els moments més durs i que pertanyen a la realitat superen amb escreix els inventats. De fet, els inventats, no fan cap mal. També són inventats els noms dels personatges per tal d'evitar pagar drets d'autor als seus pares i en darrera instància a l'Sgae. La banda sonora, mentre no soni, no es paga.
Qualsevol semblança amb la realitat és real.
És veritat que hi havia una infermera que s'enfadava per minúcies amb alguns malalts i que, en aquestes ocasions, els parlava molt malament. Però també és cert que, de vegades, aquesta mateixa infermera era inusitadament amable.
De vegades, els ocells fan cagarades.
Una veritat més: el doctor no va estar encertat en les formes quan ens va donar un primer diagnòstic ni tampoc triant el lloc on ens el va transmetre. Sense cap mena de dubte, es pot afirmar que és un gran oncòleg i, suposo, que aquesta reputació l'ha convertit, també, en un gran especialista a defugir tota mena de sentiments envers els seus pacients. Potser té por de caure en una terrible depressió si es posa en el lloc del malalt o si li mostra certa empatia. No ho sabria dir. Malgrat tot, sempre l'exculpo davant l'allau de retrets que rep quan s'evoca l'escena a les reunions familiars i argumento a favor del doctor Molí que potser aquell fatídic i kafkià dia es pensava que ja havíem estat informats sobre la malaltia que jo patia quan, d'aquella manera tan poc adient, ens va parlar per primera vegada del limfoma de Hodking. El defenso argüint que ens estava fent un favor en dedicar-nos aquell valuós temps destinat a algú altre i així evitar una llarga llista d'espera. Per això, fins a cert punt, entenc la seva actitud. Perquè crec que ell es pensava que ja sabíem de què ens parlava quan ens va atendre després que l'otorinolaringòleg —que és amic de la família—, ho hagués fet poca estona abans per tot seguit adreçar-nos a ell. Segur que no és habitual que cap pacient vagi a la planta d'oncologia per a rebre informació sense tenir abans el diagnòstic definitiu de la seva malaltia, tal i com va ocórrer en el meu cas. A més —continuo explicant— jo prefereixo saber-ho tot, sigui bo o dolent, des del començament i sense rodejos.
Ara bé, si he de ser del tot sincer, quan em quedo sol, abstret en els meus pensaments, he d'admetre que el doctor Molí va cagar-la de ple aquell dia i que ja està condemnat tot i les moltes coartades que jo li vulgui o li aconsegueixi proporcionar.
Cal dir, a pesar d'això, que si estic curat és gràcies a ell i que ha donat resposta a tots els meus dubtes i ha aconseguit que els efectes secundaris del tractament fossin més suportables. Sempre li estaré agraït, encara que jo també hi he posat molt d'entusiasme en tot el procés, de fet, d'això precisament tracta aquest escrit: l'estat d'ànim és cabdal si es vol superar o acceptar una malaltia.
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Festival de Jazz
No sé cómo me vi envuelto en tal embolado. De camino a casa iba pensando en los acontecimientos de la noche y me maldecía por ser siempre tan cuidadoso, tan educado. Es el rasgo de mi carácter que más detesto y que no consigo derribar, ni siquiera en sueños. Si hubiese sido sólo un poco quisquilloso el tipo negro, alto y fornido no me echa de allí seguro. No me acobardé, no, no es eso. Me quedé quieto sin saber qué hacer, como si admitiera mi fechoría. El sudor empapaba mi camiseta y empezaba a marearme. No son excusas. Tuve el tiempo suficiente para pedirle a Silvia, antes de que el guardaespaldas me acompañara amablemente a la puerta de salida, que recuperara mi cámara fotográfica que estaba ahora en poder de Miles Davis. Un anacronismo brutal; ¡una cámara de 12.1 megapíxeles en manos del gran Miles Davis!
Pocos minutos antes de que Miles me requisara la cámara una señora quiso entablar conversación conmigo dejando en mal lugar al trompetista asegurando que el próximo concierto del festival iba a ser mucho mejor del que, justo ahora, estaba empezando. Decía que Miles estaba acabando con el jazz, que ahora hacía sólo música electrónica y que lo bueno de verdad se vería al día siguiente cuando en la misma sala apareciese Lou Donaldson. Yo, cauto como soy, le prestaba atención educadamente perdiendo el hilo de la conversación, y, lo que era aún peor, perdiendo momentos estelares del paseo que Miles y todo su séquito ofrecían entre el público a escasos metros de nosotros. El carismático músico llevaba apoyado en el hombro un aparato con altavoces enormes, uno de ésos con radio y doble pletina de los ochenta. Sonaba a todo volumen Herbie Hancock y su tema Rock It primero y el Fight For Your Right (To Party) de los Beastie Boys después. Iba hablando con algunos afortunados y todos se rendían como bobos ante él, venerando una música que en realidad detestaban y nada tenía que ver con la que querían escuchar todos esos puristas, elitistas y mal llamados amantes del jazz que cumplen con su afición una vez al año.
Pocos minutos antes de que Miles me requisara la cámara una señora quiso entablar conversación conmigo dejando en mal lugar al trompetista asegurando que el próximo concierto del festival iba a ser mucho mejor del que, justo ahora, estaba empezando. Decía que Miles estaba acabando con el jazz, que ahora hacía sólo música electrónica y que lo bueno de verdad se vería al día siguiente cuando en la misma sala apareciese Lou Donaldson. Yo, cauto como soy, le prestaba atención educadamente perdiendo el hilo de la conversación, y, lo que era aún peor, perdiendo momentos estelares del paseo que Miles y todo su séquito ofrecían entre el público a escasos metros de nosotros. El carismático músico llevaba apoyado en el hombro un aparato con altavoces enormes, uno de ésos con radio y doble pletina de los ochenta. Sonaba a todo volumen Herbie Hancock y su tema Rock It primero y el Fight For Your Right (To Party) de los Beastie Boys después. Iba hablando con algunos afortunados y todos se rendían como bobos ante él, venerando una música que en realidad detestaban y nada tenía que ver con la que querían escuchar todos esos puristas, elitistas y mal llamados amantes del jazz que cumplen con su afición una vez al año.
Recuerdos de la escuela; Primer día
Camino junto a mi madre durante una fría mañana de Septiembre. Llevo una "lunchbox" de color verde decorada con dibujos de Heidi. En su interior sólo hay un paquete de "Mi Merienda". Literalmente. Consiste en un bollo y una pequeña tableta de chocolate con leche.
Nos vamos acercando a una ventana con la persiana metálica bajada y me la quedo mirando antes, durante y después de pasar por delante mientras mi madre me tira de la mano y me advierte que no podemos llegar tarde el primer día. Es una tienda que ahora está cerrada pero el sábado la música a todo volumen y el alféizar repleto de pantalones y cazadoras tejanas agitó mi corazón de la misma forma que cuando se instalan por unos días los autos de choque en el pueblo y me quedo quieto totalmente absorto con la cantidad de luces y sonidos que se van infiltrando en mi pequeño cerebro.
Nos vamos acercando a una ventana con la persiana metálica bajada y me la quedo mirando antes, durante y después de pasar por delante mientras mi madre me tira de la mano y me advierte que no podemos llegar tarde el primer día. Es una tienda que ahora está cerrada pero el sábado la música a todo volumen y el alféizar repleto de pantalones y cazadoras tejanas agitó mi corazón de la misma forma que cuando se instalan por unos días los autos de choque en el pueblo y me quedo quieto totalmente absorto con la cantidad de luces y sonidos que se van infiltrando en mi pequeño cerebro.
No quiero morir
A veces los colores confunden al transeúnte
uno piensa que esta en plena primavera en otoño
otras cree que sucede marzo y vive junio
A veces uno piensa que está escuchando a Mark Knopfler y en realidad
oye a J.J. Cale
o piensa que está en medio de una aburrida canción en una maravillosa
otras cree que sucede Weller y vive Clapton
11/06/2006 (Jordi Via)
El Cuento de Navidad de Clifford
Quedaban dos días para entregar el relato y sólo había conseguido escribir borradores. Esos pequeños papeles contenían algunas ideas que se le ocurrían de noche, en la cama, poco antes de que el sueño le venciera.
Ya había pasado más de un mes desde que a Clifford le encargaron que escribiera un cuento de Navidad para una revista donde hasta entonces lo único que había hecho eran críticas de libros, de discos o de alguna película de estreno. Aunque en un principio creyó que podría hacerlo, no tardó mucho en darse cuenta de que se había precipitado al aceptar aquel trabajo. Sólo una cosa le empujó a hacerlo: el dinero.
Ya había pasado más de un mes desde que a Clifford le encargaron que escribiera un cuento de Navidad para una revista donde hasta entonces lo único que había hecho eran críticas de libros, de discos o de alguna película de estreno. Aunque en un principio creyó que podría hacerlo, no tardó mucho en darse cuenta de que se había precipitado al aceptar aquel trabajo. Sólo una cosa le empujó a hacerlo: el dinero.
"Los Niños Errantes" publicado
Hoy he recibido la agradable sorpresa de ver uno de mis relatos publicados en la Revista Almiar. Se trata de "Los Niños Errantes" que algunos de vosotros ya habéis leído por partes en mi anterior blog.
Quiero dar las gracias a Maria Aixa Sanz que me ha dado el empujón necesario para enviarlo y a Pedro Martinez por poner los medios.
Quiero agradecer también a todos los que me animan a seguir escribiendo y que ven en mí lo que yo aún no soy capaz de ver; Silvia, Carme, Pere, Eva, Rafa Bandini, Beli, Marlen la Mex, Angel, Magali, Paqui, Antoni..., más un largo etc. en el que seguramente olvido a alguien sin mala intención sino por mala memoria.
Quiero dar las gracias a Maria Aixa Sanz que me ha dado el empujón necesario para enviarlo y a Pedro Martinez por poner los medios.
Quiero agradecer también a todos los que me animan a seguir escribiendo y que ven en mí lo que yo aún no soy capaz de ver; Silvia, Carme, Pere, Eva, Rafa Bandini, Beli, Marlen la Mex, Angel, Magali, Paqui, Antoni..., más un largo etc. en el que seguramente olvido a alguien sin mala intención sino por mala memoria.
Oda a Dyango (Un cuento basado en hechos reales)
Aquel día, como sucedía todos los jueves, entró en la tienda a las diez y media. Como de costumbre llevaba el cesto de la compra en el brazo y hablaba sola mientras recorría señalando con el dedo índice las carátulas de los discos. Se detuvo cuando vio el nuevo álbum de Dyango. Lo cogió, lo apretó contra su pecho -cerca del corazón-, cerró los ojos y como si estuviera rezando se quedó quieta en mitad del local unos diez minutos. Cuando salió del trance, metió su mano en el bolso y después de rebuscar durante unos segundos sacó una libreta y un bolígrafo. Yo ya me había acostumbrado a ese ritual y para mí era el proceso natural, así que ya sabía cuál iba a ser el siguiente paso; escribir un poema.
Dejó el disco en su lugar, y después de desandar el camino murmurando algo ininteligible salió de la tienda para sentarse en la escalera de la entrada, justo al lado del escaparate donde precisamente se anunciaba, con un montaje encargado por la discográfica y hecho a base de pósters y poliestireno expandido (corcho blanco, vaya), el disco de Dyango que hacía unos minutos ella había tenido entre sus manos. Así que los siguientes instantes los pasó hablando sola y escribiendo poemas a su cantante favorito.
Nunca supe su nombre y sólo intercambiamos un tímido saludo alguna vez durante el tiempo que nos estuvo visitando. Era una mujer de mediana edad. Tenía la cara redonda y siempre llevaba el cabello canoso recogido en un moño. Como tenía los ojos algo achinados y los dientes frontales superiores le sobresalían de la boca, su aspecto tenía un aire oriental algo cómico a lo Mickey Rooney en Desayuno con diamantes y esa idea que venía a mi mente cada vez que la veía siempre me hacía sonreír. Su vestimenta iba variando de color pero siempre consistía en una especie de bata con estampados. No sabía nada de ella. Todo me lo imaginaba y de tanto elucubrar que vivía en algún centro para gente mayor o para gente con alguna discapacidad y que era los jueves cuando le daban el día libre, acabé por creer que esa era la verdad.
A mí no me molestaba en absoluto que entrara en la tienda ya que de alguna forma me sentía identificado con ella. Yo mismo antes de trabajar allí me pasaba horas en una tienda de discos un par de días a la semana y casi siempre salía sin comprar nada. Supongo que el dependiente de aquella tienda también debía albergar en su interior, como yo con nuestra amiga, la idea de que mi presencia allí no era molesta e imaginé que él habría vivído una situación similar en otro lugar.
Pasaron unos minutos desde que ella había salido cuando entró una señora que mientras empujaba la puerta de cristal e iba accediendo al local no dejó de observarla. Nuestra amiga estaba totalmente enfrascada escribiendo su particular oda a Dyango y seguramente estaría hablando sola de nuevo. La mujer que acababa de entrar la seguía mirando cuando se situó justo delante de mí y sin apartar la vista dijo:
-Pobre mujer, hay qué ver. De verdad. Cada vez hay más locos fuera que dentro.
Lo dijo sin ninguna maldad pero me sentó como si alguien me hubiese dado un puñetazo en la boca del estómago. ¿Quién era ella para hablar así de alguien a quien seguramente veía por primera vez? Quizás tenía razón en afirmar que estaba un poco loca, pero ¿quién no lo está? y además ¿qué había de malo en lo que estaba haciendo? ¿desde cuando escribir poesía es de locos? La moraleja es que la siguiente frase de la mujer puso las cosas en su sitio y el malestar que sentía en mi cuerpo quedó totalmente aniquilado. En realidad la conversación fue como sigue:
-Pobre mujer, hay qué ver. De verdad. Cada vez hay más locos fuera que dentro. En fin, yo venía para comprar un casco de moto. ¿son muy caros?
-No señora, lo siento. No vendemos cascos, pero le puedo ofrecer unos auriculares muy buenos...
Dejó el disco en su lugar, y después de desandar el camino murmurando algo ininteligible salió de la tienda para sentarse en la escalera de la entrada, justo al lado del escaparate donde precisamente se anunciaba, con un montaje encargado por la discográfica y hecho a base de pósters y poliestireno expandido (corcho blanco, vaya), el disco de Dyango que hacía unos minutos ella había tenido entre sus manos. Así que los siguientes instantes los pasó hablando sola y escribiendo poemas a su cantante favorito.
Nunca supe su nombre y sólo intercambiamos un tímido saludo alguna vez durante el tiempo que nos estuvo visitando. Era una mujer de mediana edad. Tenía la cara redonda y siempre llevaba el cabello canoso recogido en un moño. Como tenía los ojos algo achinados y los dientes frontales superiores le sobresalían de la boca, su aspecto tenía un aire oriental algo cómico a lo Mickey Rooney en Desayuno con diamantes y esa idea que venía a mi mente cada vez que la veía siempre me hacía sonreír. Su vestimenta iba variando de color pero siempre consistía en una especie de bata con estampados. No sabía nada de ella. Todo me lo imaginaba y de tanto elucubrar que vivía en algún centro para gente mayor o para gente con alguna discapacidad y que era los jueves cuando le daban el día libre, acabé por creer que esa era la verdad.
A mí no me molestaba en absoluto que entrara en la tienda ya que de alguna forma me sentía identificado con ella. Yo mismo antes de trabajar allí me pasaba horas en una tienda de discos un par de días a la semana y casi siempre salía sin comprar nada. Supongo que el dependiente de aquella tienda también debía albergar en su interior, como yo con nuestra amiga, la idea de que mi presencia allí no era molesta e imaginé que él habría vivído una situación similar en otro lugar.
Pasaron unos minutos desde que ella había salido cuando entró una señora que mientras empujaba la puerta de cristal e iba accediendo al local no dejó de observarla. Nuestra amiga estaba totalmente enfrascada escribiendo su particular oda a Dyango y seguramente estaría hablando sola de nuevo. La mujer que acababa de entrar la seguía mirando cuando se situó justo delante de mí y sin apartar la vista dijo:
-Pobre mujer, hay qué ver. De verdad. Cada vez hay más locos fuera que dentro.
Lo dijo sin ninguna maldad pero me sentó como si alguien me hubiese dado un puñetazo en la boca del estómago. ¿Quién era ella para hablar así de alguien a quien seguramente veía por primera vez? Quizás tenía razón en afirmar que estaba un poco loca, pero ¿quién no lo está? y además ¿qué había de malo en lo que estaba haciendo? ¿desde cuando escribir poesía es de locos? La moraleja es que la siguiente frase de la mujer puso las cosas en su sitio y el malestar que sentía en mi cuerpo quedó totalmente aniquilado. En realidad la conversación fue como sigue:
-Pobre mujer, hay qué ver. De verdad. Cada vez hay más locos fuera que dentro. En fin, yo venía para comprar un casco de moto. ¿son muy caros?
-No señora, lo siento. No vendemos cascos, pero le puedo ofrecer unos auriculares muy buenos...
Aquí y ahora
Cuando Joaquín colgó el teléfono le dio un ataque de pánico. No podía articular muchas palabras seguidas y era imposible comprender que nos pretendía decir. Al fin se calmó un poco y logramos averiguar el por qué de su disgusto. Marga había muerto en un terrible accidente de coche en una carretera nacional que lleva a una población cercana a Vic.Marga y Joaquín fueron novios e incluso vivieron juntos como pareja de hecho durante unos cinco años. Durante ese tiempo no se llevaron siempre bien. Hubo muchísimas discusiones y enfados. Al final decidieron dejarlo correr pero siguieron siendo buenos amigos ya que les unía algo demasiado importante.
Precisamente querían reencontrarse en pocos días en un restaurante de Tavertet, cerca de donde Marga había fallecido, para recordar los viejos tiempos acompañados de unas mongetes con butifarra y all i oli. Seguramente hubiesen comentado la última película de Woody Allen, los últimos libros de Paul Auster y Haruki Murakami y sin duda alguna acabarían en el coche escuchando y cantando a dúo canciones de Los Piratas, Quique González y Gustavo Cerati. Seguramente, también, zanjarían la cita haciendo el amor y obviarían los peligros de sus encuentros.
Yo siempre estuve al tanto de sus idas y venidas. Me mantenía en contacto con Marga pese a que ella abandonó al grupo al terminar su relación con Joaquín. Cuando vendieron el piso que tanto les costó encontrar y al que cuidaban con sumo cariño, les apoyé en todo lo que abastecían mis manos. Hicimos incluso una cena de despedida en aquel ático tan especial, los tres solos con la única compañía de unas velas y el piano de la sombra del viento.
Joaquín estaba destrozado y hubiese hecho lo imposible con tal de consolarlo un poco. Lo quería con toda mi alma y él ni siquiera se daba cuenta. Tantas veces le miré durante largo tiempo a los ojos, enviándole tal cantidad de señales que a punto estuve de quedarme ciega. No era un amor imposible. Alguna vez que nos habíamos abrazado notaba que ahí había algo más que un simple abrazo entre amigos. Estoy segura de eso y de muchas otras cosas; él sentía algo por mí. No era quizá tan fuerte como lo que siempre sintió por Marga, pero a su manera él me deseaba.
Ahora, por fin, tenía la oportunidad de conseguir lo que siempre había ansiado. Joaquín caería rendido a mis pies cuando le pusiera al corriente de mi última inversión. Marga ya no me impedía conquistar el corazón de mi querido amigo. No existía mejor momento para acercarme a él y con mi ayuda sobreponerse a tan trágicos instantes. Le ayudaría a superar la muerte de un ser querido, le enseñaría que la vida sigue su curso y que este trance nos debe hacer reflexionar sobre lo importante que es aferrarse a la vida y disfrutarla al máximo y, coger trenes de los que no tenemos garantías que puedan volver a pasar. Como hice yo; comprar ese ático tan especial para Joaquín pensando en nuestro futuro. Hacer un curso de mecánica y saber que piezas hay que tocar para provocar un terrible desenlace. Y ante todo tener paciencia y estar en el lugar y en el momento justo. Aquí y ahora.
poemario 2
Hay q ahogado
Y lanzándome a la mar gritaste
niño al afua
y es que además de considerarme inmaduro, conmigo te ahogabas
Lo que está por venir
Un paisaje hostil.
Camino a lo inesperado.
Sin posible vuelta atrás,
mal iríamos.
Al escuchar russians por poco empiezo a llorar
cosa que no me explico
aunque los nervios están a flor de piel,
nunca presté atención a la letra
tampoco tengo ningún tipo de afinidad con los rusos
y regresaba a casa en tren en plena primavera.
Nothing's changed
Los peces me asaltan
regodeándose de la escasez
Me infectan su memoria
y ya no soporto éste dolor
Sólo encuentro lagunas en plena sequía
Nadie lo ve
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