No me siento capaz de escribir un resumen de "La broma" de Milan Kundera. Me ocurre, como casi siempre que escribo una reseña en el blog, que me resulta más sencillo hablar de
sensaciones. De mis sensaciones.
Así pues, debo decir de entrada que esta ha sido una de las mejores novelas que he leído este año.
En "La broma" hay un personaje principal y lo que acontece durante quince años en la vida del mismo, pero ésta es una novela coral. Incluso me atrevo a decir que es una novela sobre los sentimientos de una nación, sobre un momento histórico real que muy bien podría pasar por una obra distópica en toda regla. De hecho algunos lectores han comentado que sentían algo parecido a cuando leyeron 1984 de George Orwell, y sí, debo darles la razón, pero además añadiría que no andamos tan lejos de vivir situaciones en nuestro propio país y en la actualidad como las que narra Kundera en "La broma".
A mí no me parece que sobre ni una sola página, ni un solo personaje
está de más, y si hay una parte que se me hace algo tediosa es sólo por
mi culpa, por mi falta de conocimiento sobre el tema que narra alguno de los
personajes, pero lejos de criticar a Kundera lo primero que debo hacer es
informarme, indagar sobre lo que desconozco. Esa podría ser una de las lecciones que uno aprende leyendo esta novela: antes de echar la culpa a los demás sobre algo que te ocurre, intenta averiguar qué es lo que tú haces mal.
Es eso precisamente lo que más me ha gustado de "La broma": las lecciones que aprenden o deberían aprender los personajes, las lecciones que deberíamos aprender todos; y es que a las diferentes voces que hablan en esta novela las comprendes y las culpas a todas por igual, y ninguna de ellas puede dar por si sola, sin apoyarse en otra voz, una lección a las demás. Todos cometemos errores, toda acción tiene consecuencias y la mayoría de las veces las desconocemos, ignoramos el daño que hemos podido causar.
Ha sido un auténtico placer leer esta novela, la primera que escribió
Milan Kundera y que ahora Tusquets recupera para su catálogo en esta
traducción revisada del checo de Fernando De Valenzuela. Aprovecho la
ocasión para comentar que no he encontrado ni una sola errata, así que,
además de la bella prosa de Kundera, que permite leer como si estuvieras
paseando sin pausas y absolutamente embelesado, hace aún más fácil la
lectura el hecho de no tropezar con las indeseables faltas de ortografía o
errores de imprenta que, sobre todo últimamente, nos encontramos en
demasiados libros.
Otras y mejores reseñas de compañeros de esta lectura conjunta de "La broma" : Galletas chinas, 10.15 Saturday night, Libros, cd's, cine..., Leer sin prisa, El blog de Lahierbaroja
Desde aquí también quiero dar las gracias a Karo y a Sergio. Ya saben por qué.
Motel Infierno (cut-up-copy-paste)
(motel s.)
Ahora mismo
quizá tendría que dar un paseo sin voces
me voy de regreso
lo capto al inhalar
(broma k.)
Abren en sentido contrario todos aquellos lamientes (falsos y fingidos)
como la expresión de un excepcional espíritu autocrítico
(infierno R.)
Recuerdos e imaginación (mi caída y mi sueño)
serán juzgados por saber algo que yo ignoro
(remake F.M.)
3 segundos antes del fin
regalaste tus discos
oídos en estéreo, lejos del azar,
there is a light that never goes out
Ahora mismo
quizá tendría que dar un paseo sin voces
me voy de regreso
lo capto al inhalar
(broma k.)
Abren en sentido contrario todos aquellos lamientes (falsos y fingidos)
como la expresión de un excepcional espíritu autocrítico
(infierno R.)
Recuerdos e imaginación (mi caída y mi sueño)
serán juzgados por saber algo que yo ignoro
(remake F.M.)
3 segundos antes del fin
regalaste tus discos
oídos en estéreo, lejos del azar,
there is a light that never goes out
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Diablos de polvo, de Roger Smith
"Diablos de polvo" consigue deprimir al optimista más recalcitrante. Ni un ápice de esperanza le queda a uno cuando va por la mitad de la novela, pero aún es peor cuando lee la última página.
No suelo leer novela negra, así que me resulta complicado reseñar ésta sin tener suficientes precedentes en los que apoyarme. Podría compararla, como ya hice en Goodreads, con la trilogía "Millenium" del escritor Stieg Larsson, aunque con una salvedad; aquí no esperes encontrar héroes y tampoco investigación policial o periodística.
Una de las cosas que más me ha gustado es precisamente la ausencia del héroe, y con eso no pretendo decir que nos encontremos ante cobardes, sino con alguien que debe enfrentarse a sus propios ideales; ideales a los que siempre fue fiel y creyó inamovibles: uno no sabe cómo va a reaccionar ante la adversidad, ante una injusticia, ante un callejón sin salida, hasta que no se encuentra al borde del abismo, y es entonces, sólo entonces, cuando puede pasar que todos sus principios salten por los aires y así, un objetor de conciencia, llegue a convertirse, a sus propios ojos, en algo peor que la figura de alguien a quien siempre ha detestado.
Leyendo "Diablos de polvo" he sufrido pesadillas y lo que peor he llevado es cerciorarme de que el único que realmente es fiel a sus principios hasta el final, es el perverso, el monstruoso y sanguinario; el tirano que no duda en aplicar extrema violencia e injusticia cada vez que le conviene sin el más mínimo remordimiento y con total impunidad. Cada capítulo está repleto de auténticas aberraciones que si se llevaran al cine no podría proyectarse en ningún festival ni mucho menos en una sala convencional.
A pesar de que se hace imposible coger cariño a los personajes (eso puede que sea una suerte al fin y al cabo, sino la lectura se haría insoportable), a pesar de que uno no acierta a comprender el por qué de la frialdad e indolencia de todos los que aparecen en esta novela al enfrentarse a la muerte: la muerte de sus vecinos, familiares… la de sus propios hijos… Pues, a pesar de los pesares, esta novela tiene algo que engancha, es adictiva; algo que no sé decir qué es pero que te lleva a leerla en apenas unas horas.
Quiero dar las gracias a Es Pop Ediciones, en especial a Óscar Palmer y, como no, también agradecer a Aramys por contar conmigo para la lectura conjunta de Diablos de polvo. En twitter estuvimos unos cuantos con el hastag #lecturaDiablos.
Roger Smith nos explica en este vídeo algunos de los hechos reales que le sirvieron como inspiración para escribir su novela.
+ reseñas: leemaslibros Pulparty Viaje Alrededor de una Mesa Leer Sin Prisa Cruce de Caminos La biblioteca de Ilium
No suelo leer novela negra, así que me resulta complicado reseñar ésta sin tener suficientes precedentes en los que apoyarme. Podría compararla, como ya hice en Goodreads, con la trilogía "Millenium" del escritor Stieg Larsson, aunque con una salvedad; aquí no esperes encontrar héroes y tampoco investigación policial o periodística.
Una de las cosas que más me ha gustado es precisamente la ausencia del héroe, y con eso no pretendo decir que nos encontremos ante cobardes, sino con alguien que debe enfrentarse a sus propios ideales; ideales a los que siempre fue fiel y creyó inamovibles: uno no sabe cómo va a reaccionar ante la adversidad, ante una injusticia, ante un callejón sin salida, hasta que no se encuentra al borde del abismo, y es entonces, sólo entonces, cuando puede pasar que todos sus principios salten por los aires y así, un objetor de conciencia, llegue a convertirse, a sus propios ojos, en algo peor que la figura de alguien a quien siempre ha detestado.
Leyendo "Diablos de polvo" he sufrido pesadillas y lo que peor he llevado es cerciorarme de que el único que realmente es fiel a sus principios hasta el final, es el perverso, el monstruoso y sanguinario; el tirano que no duda en aplicar extrema violencia e injusticia cada vez que le conviene sin el más mínimo remordimiento y con total impunidad. Cada capítulo está repleto de auténticas aberraciones que si se llevaran al cine no podría proyectarse en ningún festival ni mucho menos en una sala convencional.
A pesar de que se hace imposible coger cariño a los personajes (eso puede que sea una suerte al fin y al cabo, sino la lectura se haría insoportable), a pesar de que uno no acierta a comprender el por qué de la frialdad e indolencia de todos los que aparecen en esta novela al enfrentarse a la muerte: la muerte de sus vecinos, familiares… la de sus propios hijos… Pues, a pesar de los pesares, esta novela tiene algo que engancha, es adictiva; algo que no sé decir qué es pero que te lleva a leerla en apenas unas horas.
Quiero dar las gracias a Es Pop Ediciones, en especial a Óscar Palmer y, como no, también agradecer a Aramys por contar conmigo para la lectura conjunta de Diablos de polvo. En twitter estuvimos unos cuantos con el hastag #lecturaDiablos.
Lee aquí el primer capítulo de Diablos de Polvo de Roger Smith
Rústica con solapas.
352 págs, 14 x 21,5 cm.
ISBN: 978-84-936864-7-5
352 págs, 14 x 21,5 cm.
ISBN: 978-84-936864-7-5
PVP: 18,95 €
Roger Smith nos explica en este vídeo algunos de los hechos reales que le sirvieron como inspiración para escribir su novela.
+ reseñas: leemaslibros Pulparty Viaje Alrededor de una Mesa Leer Sin Prisa Cruce de Caminos La biblioteca de Ilium
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Los Cuadernos del Hafa, de Pablo Cerezal
"Los Cuadernos del Hafa" -me permito samplear la voz del narrador- son fogonazos de recuerdos, brochazos de reminiscencias...
Es un diario de viaje. Es poesía. Historia. Una colección de sueños. Fragmentos de biografías; un narrador que da voz a distintos personajes, algunos de ellos reales como Jane Bowles, Brian Jones o William Burroughs, aunque ¿quién soy yo para considerar que no todos los personajes lo son? Hay muchas referencias y todas interesantes, a mí me han sorprendido: Kurt Cobain, Patti Smith, Rolling Stones, Corso, Kerouac, Ginsberg, Genet y un largo etcétera...
Envenenado estaba yo de olvidadas poesías, de ausentes fantasmas de músicos y poetas, artistas que veneré, personalidades de las que algún día pretendí apropiarme sólo porque creí comprender el mensaje oculto de sus creaciones.
El Café Hafa... uno tiene ganas de ir a Tánger y visitar ese famoso café después de leer el primer libro de Pablo Cerezal. Yo desconocía tantas cosas sobre ése lugar, sobre la generación beat, sobre Marruecos, su gente y costumbres... He vivido esta novela como si de un diario personal se tratase. Lo he leído y disfrutado como si lo hubiese escrito yo (entiéndase que cuando digo como si lo hubiese escrito yo, lo que quiero decir es que lo he leído como si estuviese recordando esas vivencias como propias).
Me gusta la estructura, el desorden de esta novela, es más, se hace necesario que así sea. Se lee como si uno tratara de pasear por esas calles que describe el narrador: laberínticas, estrechas e inverosímiles que acaban sin previo aviso frente a un barranco. Si en "Carretera Perdida" o "Mulholland Drive" de David Lynch las escenas tuvieran un orden "lógico", no serían la maravilla que son. Y ya que cito por enésima vez en este blog la película "Carretera Perdida", aprovecho la coyuntura para decir que he encontrado dos grandes parecidos, al menos yo lo veo así, entre ésta y el libro de Cerezal. Uno de los parecidos razonables lo puedo contar, el otro no:
1. La frase de Fred Madison que sirve para entender la estructura de la película: Me gusta recordar las cosas a mi modo y no necesariamente de la manera que han sucedido. En Los Cuadernos, Munir, mi personaje favorito, le dice a nuestro narrador: la realidad no es la que vemos sino la que inventamos ¿verdad? Y unas páginas antes el narrador en sus cuadernos escribe: ...jugar a imaginarme que sólo los muertos recuerdan el pasado y que hay que estar, al contrario, muy vivo para poder recordar el futuro, para (me atemoriza la certeza) esconder mis recuerdos (no sé si futuros o pasados) entre el vaho moldeable de vidas no vividas por personas que existieron pero jamás conocí más que en el delirio inconstante de mis sueños.
2. No lo cuento, no insistas, pero sí diré que tiene que ver con las mujeres que interpreta Patricia Arquette: Renee Madison / Alice Wakefield en el film de Lynch y la bella Aanisa o a Ella (a quien va dedicado el libro) de "Los Cuadernos del Hafa". O tal vez soy yo el que busca conexiones e historias imposibles donde no las hay y, por eso precisamente, me lo paso tan bien leyendo.
Cosas curiosas que atañen a mis lecturas, a mi vida solipsista: en "Aire Nuestro" de Manuel Vilas ya aparecía el escritor Paul Bowles, autor de "El Cielo Protector", y me dejó perplejo que Vilas le retratase como a un pederasta sin escrúpulos. En "Los Cuadernos del Hafa", Bowles, tampoco queda muy bien parado.
A William Burroughs me lo he encontrado, como un personaje más, en algunas de mis recientes lecturas: en "Éramos unos niños" de Patti Smith y en "Mantra" de Rodrigo Fresán, por ejemplo, aunque la primera son unas memorias y la segunda una obra de ficción y es, en ésta última, donde Joan Vollmer (que murió de un disparo en la cabeza jugando con su marido, William, a Guillermo Tell) tiene muchas cosas que decir sobre el propio Burroughs y la generación beat, no muy buenas por cierto, con esa voz inventada que al igual que "En los cuadernos del Hafa" le ha dotado a Brian Jones y compañia su narrador.
En "Mantra" también hace acto de presencia Brian Jones y la piscina donde murió y los rumores sobre un posible asesinato, pero no recuerdo que se hable de Jajouka ahí, una parte muy interesante de la vida de Brian Jones que sí aparece en la obra de Cerezal, en la que además podemos leer una posible carta escrita por esa voz inventada explicando su muerte. En "Mantra" la técnica del cut-up también tiene mucha importancia, pero aquí, en "Los Cuadernos del Hafa", tiene un papel, a mi modo de ver, fundamental con Brion Gysin y William Burroughs y sus diálogos, también inventados, como protagonistas.
Blog de Pablo Cerezal Postales desde el Hafa, de visita obligada.
Es un diario de viaje. Es poesía. Historia. Una colección de sueños. Fragmentos de biografías; un narrador que da voz a distintos personajes, algunos de ellos reales como Jane Bowles, Brian Jones o William Burroughs, aunque ¿quién soy yo para considerar que no todos los personajes lo son? Hay muchas referencias y todas interesantes, a mí me han sorprendido: Kurt Cobain, Patti Smith, Rolling Stones, Corso, Kerouac, Ginsberg, Genet y un largo etcétera...Envenenado estaba yo de olvidadas poesías, de ausentes fantasmas de músicos y poetas, artistas que veneré, personalidades de las que algún día pretendí apropiarme sólo porque creí comprender el mensaje oculto de sus creaciones.
El Café Hafa... uno tiene ganas de ir a Tánger y visitar ese famoso café después de leer el primer libro de Pablo Cerezal. Yo desconocía tantas cosas sobre ése lugar, sobre la generación beat, sobre Marruecos, su gente y costumbres... He vivido esta novela como si de un diario personal se tratase. Lo he leído y disfrutado como si lo hubiese escrito yo (entiéndase que cuando digo como si lo hubiese escrito yo, lo que quiero decir es que lo he leído como si estuviese recordando esas vivencias como propias).
Me gusta la estructura, el desorden de esta novela, es más, se hace necesario que así sea. Se lee como si uno tratara de pasear por esas calles que describe el narrador: laberínticas, estrechas e inverosímiles que acaban sin previo aviso frente a un barranco. Si en "Carretera Perdida" o "Mulholland Drive" de David Lynch las escenas tuvieran un orden "lógico", no serían la maravilla que son. Y ya que cito por enésima vez en este blog la película "Carretera Perdida", aprovecho la coyuntura para decir que he encontrado dos grandes parecidos, al menos yo lo veo así, entre ésta y el libro de Cerezal. Uno de los parecidos razonables lo puedo contar, el otro no:
1. La frase de Fred Madison que sirve para entender la estructura de la película: Me gusta recordar las cosas a mi modo y no necesariamente de la manera que han sucedido. En Los Cuadernos, Munir, mi personaje favorito, le dice a nuestro narrador: la realidad no es la que vemos sino la que inventamos ¿verdad? Y unas páginas antes el narrador en sus cuadernos escribe: ...jugar a imaginarme que sólo los muertos recuerdan el pasado y que hay que estar, al contrario, muy vivo para poder recordar el futuro, para (me atemoriza la certeza) esconder mis recuerdos (no sé si futuros o pasados) entre el vaho moldeable de vidas no vividas por personas que existieron pero jamás conocí más que en el delirio inconstante de mis sueños.
2. No lo cuento, no insistas, pero sí diré que tiene que ver con las mujeres que interpreta Patricia Arquette: Renee Madison / Alice Wakefield en el film de Lynch y la bella Aanisa o a Ella (a quien va dedicado el libro) de "Los Cuadernos del Hafa". O tal vez soy yo el que busca conexiones e historias imposibles donde no las hay y, por eso precisamente, me lo paso tan bien leyendo.
Cosas curiosas que atañen a mis lecturas, a mi vida solipsista: en "Aire Nuestro" de Manuel Vilas ya aparecía el escritor Paul Bowles, autor de "El Cielo Protector", y me dejó perplejo que Vilas le retratase como a un pederasta sin escrúpulos. En "Los Cuadernos del Hafa", Bowles, tampoco queda muy bien parado.
A William Burroughs me lo he encontrado, como un personaje más, en algunas de mis recientes lecturas: en "Éramos unos niños" de Patti Smith y en "Mantra" de Rodrigo Fresán, por ejemplo, aunque la primera son unas memorias y la segunda una obra de ficción y es, en ésta última, donde Joan Vollmer (que murió de un disparo en la cabeza jugando con su marido, William, a Guillermo Tell) tiene muchas cosas que decir sobre el propio Burroughs y la generación beat, no muy buenas por cierto, con esa voz inventada que al igual que "En los cuadernos del Hafa" le ha dotado a Brian Jones y compañia su narrador.
En "Mantra" también hace acto de presencia Brian Jones y la piscina donde murió y los rumores sobre un posible asesinato, pero no recuerdo que se hable de Jajouka ahí, una parte muy interesante de la vida de Brian Jones que sí aparece en la obra de Cerezal, en la que además podemos leer una posible carta escrita por esa voz inventada explicando su muerte. En "Mantra" la técnica del cut-up también tiene mucha importancia, pero aquí, en "Los Cuadernos del Hafa", tiene un papel, a mi modo de ver, fundamental con Brion Gysin y William Burroughs y sus diálogos, también inventados, como protagonistas.
Blog de Pablo Cerezal Postales desde el Hafa, de visita obligada.
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Rodrigo Fresán
De suicidios y desapariciones en mis lecturas recientes
De
un tiempo a esta parte, temas como el anhelo por desaparecer, el
suicidio y/o la muerte, el nihilismo o la felicidad/infelicidad están
presentes en muchos de los libros que leo. Esto, que de entrada puede
parecer algo deprimente, no lo es en absoluto. Al menos no lo es para
mí.
He de aclarar que no los elijo a propósito. No voy buscando libros en los que aparezcan tramas parecidas, es más, me gusta la variedad. Simplemente llego a ellos empujado por algún tipo de vínculo; a veces una novela me lleva a leer otra (la mayoría de las ocasiones es así), a veces es una canción, un poema o una entrada en un blog los que me hacen decidir cuál será la próxima lectura, e incluso, a veces, puedo simultanear dos o tres libros, pero eso ya es por culpa de mi impaciencia.
No sé decir si tal vez es esa la razón -el hecho de que un libro lleve a otro- por la que, ocurre por temporadas, un mismo tema es recurrente. Hubo un tiempo que fueron los sueños y deseos los que aparecían una y otra vez (de hecho la frase La responsabilidad empieza en los sueños, que sirve de frase de cabecera en este blog, la leí en tres libros distintos: “Tristano muere” de Antonio Tabucchi, escritor italiano que murió hace pocos días, en “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami y en “Amor peligroso” de Ben Okri.), en otra temporada fueron los universos paralelos y, en concreto el solipsimo, los asuntos que se repetían. Ahora le está tocando el turno a las desapariciones voluntarias.
Uno de los primeros libros que he leído este 2012 es “Amarillo” del escritor recientemente fallecido Félix Romeo. Un tipo que merecía todos mis respetos por, entre muchas otras cosas, confesar que toda la literatura que conocía la había aprendido en la poesía de Rimbaud y en las letras de Morrissey.
Obviamente sabía a qué me enfrentaba cuando me interesé por “Amarillo”. No hubo sorpresa alguna en ese sentido, el libro trata directamente sobre el suicidio de su amigo Chusé Izuel: Este es un libro sobre el crimen perfecto. Sobre la memoria, sobre la imposibilidad de recordar, sobre la imposibilidad de escribir libros sobre la vida que sean reales. Sobre las cuatro cosas que recuerdo de ti. Sobre todo es un libro sobre las mil cosas que no recuerdo de ti y sobre las mil cosas que ignoro de ti, y quiero seguir ignorando. Todo empieza con una pregunta: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar? De esta pregunta sale otra pregunta: ¿por qué tu muerte me produjo un alivio tan grande? De esta pregunta sale otra pregunta: ¿soy responsable de tu muerte? Y de esta pregunta sale una última pregunta: ¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte?
(Félix Romeo recuerda que Freud aseguraba que un suicida es un asesino frustrado, que se mata a sí mismo por no matar al causante de su mal).
Un suicida, por muchas explicaciones que haya podido dejar tras de sí (tanto da sobre el papel, en cinta de sonido o en cinta de vídeo), parece llevarse siempre consigo un secreto, un gran misterio que jamás podrá ser resuelto.
Además de este fragmento, que me parece muy acertado o cercano a conjeturas que siempre han bailado por mi mente sobre ese último instante en la vida de un suicida, “Amarillo” aportó uno de esos vínculos de los que hablo, de los que me llevan a otra lectura. Chusé Izuel en una carta a Romeo le habla de una novela que está leyendo y de la que debe hacer una reseña. Le decía en esa carta que el libro le estaba gustando, que le hacía pensar en la obra de -otro suicida- John Kennedy Toole, autor de “La conjura de los necios” (no lo pude evitar, después de “Amarillo” leí la otra novela de Kennedy Toole escrita cuando sólo contaba con quince años de edad, “La biblia de neón”).
Pues bien, esa novela de la que hablaba Chusé Izuel en su carta, ya está en mi biblioteca, la conseguí de segunda mano y en breve la empezaré a leer. Se trata de “Tomas Jonsson. Bestseller” del escritor islandés Guðbergur Bergsson. Escrita en 1966 y publicada en España por Alfaguara en 1990, está considerada como la primera novela contemporánea de la literatura islandesa. Bergsson es un autor a tener en cuenta, y más si consideramos la opinón que tiene sobre él Milan Kundera, uno de sus más fervientes admiradores. Precisamente estoy leyendo “El libro de los amores ridículos” de Kundera, y en él -¡qué sorpresa!- hay un relato donde el suicidio también hace acto de presencia. Aunque, como aquí estamos ante un libro con una gran dosis de humor, la tragedia se relativiza. Pego aquí sólo un pequeño ejemplo:
Y el tiempo corría ya a toda prisa y de pronto se encontró en el cuarto de baño, frente al espejo oval que está encima del lavabo, sosteniendo con la mano derecha un espejito redondo por encima de la cabeza y observando de reojo la incipiente calva; aquella visión le familiarizó de repente (sin preparación alguna) con la trivial constatación de que lo perdido perdido está. El malhumor se hizo crónico y hasta se le pasó por la cabeza la idea de suicidarse. Naturalmente (y es menester subrayarlo para que no veamos en él a un histérico o un idiota) era consciente de la comicidad de semejante idea y sabía que nunca la llevaría a cabo (se reía para sus adentros de su carta de despedida: No he podido resignarme a la calvicie. ¡Adiós!), pero ya es bastante que semejante idea, por platónica que fuera, se le hubiera ocurrido.
Hoy mismo he terminado de leer “Ocho escenas de Tokio” del japonés Osamu Dazai. Este escritor intentó suicidarse cuatro veces sin éxito, hasta que en 1948 cuando tenía 39 años lo logró arrastrando con él a su amante. Si ya me cuesta entender que alguien decida quitarse la vida, aún entiendo menos que convenza a otra persona para que lo hagan juntos. Y no era la primera vez, en un primer intento de suicidio en pareja él sobrevivió y ella, una chica distinta (Tanabe Shimeko), murió.
Osamu Dazai nos narra en los diez relatos de “Ocho escenas de Tokio” prácticamente toda su vida, y habla abiertamente de los intentos de suicidio, las adicciones a drogas y a la bebida, de las deudas y del sentimiento de culpa. No sé si podría decir que es el precedente de un Chinaski japonés, pero a decir verdad he de reconocer que en más de una ocasión me ha evocado algunos episodios de relatos de Charles Bukowski, otro escritor con tendencias suicidas (aunque al final, después de haber vivido al límite, lo que le mató con setenta y tres años fue una leucemia).
Hay otros libros donde el suicidio (o el intento del mismo) es parte importante de la narración y que he leído -por pura casualidad- recientemente, algunos prefiero no mencionarlos porque podría estropear la trama, otros ejemplos son “El malogrado” de Thomas Bernhard o “El adversario” de Emmanuel Carrère.
He de aclarar que no los elijo a propósito. No voy buscando libros en los que aparezcan tramas parecidas, es más, me gusta la variedad. Simplemente llego a ellos empujado por algún tipo de vínculo; a veces una novela me lleva a leer otra (la mayoría de las ocasiones es así), a veces es una canción, un poema o una entrada en un blog los que me hacen decidir cuál será la próxima lectura, e incluso, a veces, puedo simultanear dos o tres libros, pero eso ya es por culpa de mi impaciencia.
No sé decir si tal vez es esa la razón -el hecho de que un libro lleve a otro- por la que, ocurre por temporadas, un mismo tema es recurrente. Hubo un tiempo que fueron los sueños y deseos los que aparecían una y otra vez (de hecho la frase La responsabilidad empieza en los sueños, que sirve de frase de cabecera en este blog, la leí en tres libros distintos: “Tristano muere” de Antonio Tabucchi, escritor italiano que murió hace pocos días, en “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami y en “Amor peligroso” de Ben Okri.), en otra temporada fueron los universos paralelos y, en concreto el solipsimo, los asuntos que se repetían. Ahora le está tocando el turno a las desapariciones voluntarias.
Uno de los primeros libros que he leído este 2012 es “Amarillo” del escritor recientemente fallecido Félix Romeo. Un tipo que merecía todos mis respetos por, entre muchas otras cosas, confesar que toda la literatura que conocía la había aprendido en la poesía de Rimbaud y en las letras de Morrissey.
Obviamente sabía a qué me enfrentaba cuando me interesé por “Amarillo”. No hubo sorpresa alguna en ese sentido, el libro trata directamente sobre el suicidio de su amigo Chusé Izuel: Este es un libro sobre el crimen perfecto. Sobre la memoria, sobre la imposibilidad de recordar, sobre la imposibilidad de escribir libros sobre la vida que sean reales. Sobre las cuatro cosas que recuerdo de ti. Sobre todo es un libro sobre las mil cosas que no recuerdo de ti y sobre las mil cosas que ignoro de ti, y quiero seguir ignorando. Todo empieza con una pregunta: ¿cómo no me di cuenta de que te ibas a suicidar? De esta pregunta sale otra pregunta: ¿por qué tu muerte me produjo un alivio tan grande? De esta pregunta sale otra pregunta: ¿soy responsable de tu muerte? Y de esta pregunta sale una última pregunta: ¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte?
(Félix Romeo recuerda que Freud aseguraba que un suicida es un asesino frustrado, que se mata a sí mismo por no matar al causante de su mal).
Un suicida, por muchas explicaciones que haya podido dejar tras de sí (tanto da sobre el papel, en cinta de sonido o en cinta de vídeo), parece llevarse siempre consigo un secreto, un gran misterio que jamás podrá ser resuelto.
Además de este fragmento, que me parece muy acertado o cercano a conjeturas que siempre han bailado por mi mente sobre ese último instante en la vida de un suicida, “Amarillo” aportó uno de esos vínculos de los que hablo, de los que me llevan a otra lectura. Chusé Izuel en una carta a Romeo le habla de una novela que está leyendo y de la que debe hacer una reseña. Le decía en esa carta que el libro le estaba gustando, que le hacía pensar en la obra de -otro suicida- John Kennedy Toole, autor de “La conjura de los necios” (no lo pude evitar, después de “Amarillo” leí la otra novela de Kennedy Toole escrita cuando sólo contaba con quince años de edad, “La biblia de neón”).
Pues bien, esa novela de la que hablaba Chusé Izuel en su carta, ya está en mi biblioteca, la conseguí de segunda mano y en breve la empezaré a leer. Se trata de “Tomas Jonsson. Bestseller” del escritor islandés Guðbergur Bergsson. Escrita en 1966 y publicada en España por Alfaguara en 1990, está considerada como la primera novela contemporánea de la literatura islandesa. Bergsson es un autor a tener en cuenta, y más si consideramos la opinón que tiene sobre él Milan Kundera, uno de sus más fervientes admiradores. Precisamente estoy leyendo “El libro de los amores ridículos” de Kundera, y en él -¡qué sorpresa!- hay un relato donde el suicidio también hace acto de presencia. Aunque, como aquí estamos ante un libro con una gran dosis de humor, la tragedia se relativiza. Pego aquí sólo un pequeño ejemplo:
Y el tiempo corría ya a toda prisa y de pronto se encontró en el cuarto de baño, frente al espejo oval que está encima del lavabo, sosteniendo con la mano derecha un espejito redondo por encima de la cabeza y observando de reojo la incipiente calva; aquella visión le familiarizó de repente (sin preparación alguna) con la trivial constatación de que lo perdido perdido está. El malhumor se hizo crónico y hasta se le pasó por la cabeza la idea de suicidarse. Naturalmente (y es menester subrayarlo para que no veamos en él a un histérico o un idiota) era consciente de la comicidad de semejante idea y sabía que nunca la llevaría a cabo (se reía para sus adentros de su carta de despedida: No he podido resignarme a la calvicie. ¡Adiós!), pero ya es bastante que semejante idea, por platónica que fuera, se le hubiera ocurrido.
Hoy mismo he terminado de leer “Ocho escenas de Tokio” del japonés Osamu Dazai. Este escritor intentó suicidarse cuatro veces sin éxito, hasta que en 1948 cuando tenía 39 años lo logró arrastrando con él a su amante. Si ya me cuesta entender que alguien decida quitarse la vida, aún entiendo menos que convenza a otra persona para que lo hagan juntos. Y no era la primera vez, en un primer intento de suicidio en pareja él sobrevivió y ella, una chica distinta (Tanabe Shimeko), murió.
Osamu Dazai nos narra en los diez relatos de “Ocho escenas de Tokio” prácticamente toda su vida, y habla abiertamente de los intentos de suicidio, las adicciones a drogas y a la bebida, de las deudas y del sentimiento de culpa. No sé si podría decir que es el precedente de un Chinaski japonés, pero a decir verdad he de reconocer que en más de una ocasión me ha evocado algunos episodios de relatos de Charles Bukowski, otro escritor con tendencias suicidas (aunque al final, después de haber vivido al límite, lo que le mató con setenta y tres años fue una leucemia).
Hay otros libros donde el suicidio (o el intento del mismo) es parte importante de la narración y que he leído -por pura casualidad- recientemente, algunos prefiero no mencionarlos porque podría estropear la trama, otros ejemplos son “El malogrado” de Thomas Bernhard o “El adversario” de Emmanuel Carrère.
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