Acumulando Bytes

Siento envidia sana cuando escucho de fondo a través de las paredes de mi casa las canciones que llegan desde el equipo de música del vecino.
No creo que las haya bajado de Internet. Aunque parezca mentira, desde aquí, sentado en mi sofá bebiendo cerveza y comiendo almendras, puedo asegurar que el sonido proviene de discos de vinilo.
Gil Scott-Heron, James Brown, Stevie Wonder y también jazz, un estilo que me gusta pero del que aún me cuesta reconocer a los músicos, aunque en mi defensa diré que estoy a dos pisos de distancia y eso complica la tarea.


Hoy en día son pocos los que disfrutan de la música y muchos los que la acumulan. El síndrome de Diógenes ahora afecta a personas de cualquier edad y en lugar de almacenar grandes cantidades de objetos, dinero o basura, amontonan miles de millones de bytes que se transforman en imágenes, sonido y muy poca pasión.

En Japón existe un trastorno similar conocido como Hikikomori. Afecta a adolescentes y a jóvenes adultos que no soportan la presión de la sociedad. Se pasan los días encerrados en su habitación aislados del mundo, descuidando por completo la higiene y manteniendo cualquier tipo de contacto con los demás a través de Internet o, con su familia, a voces, a través de la puerta. Se calcula que hay aproximadamente un millón de japoneses Hikikomoris. Miles de millones de bytes lanzados al mundo exterior de los que se espera que sean transformados en palabras pidiendo ayuda, comprensión y algo de pasión.

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