el cuento de los gatos

Foto Lilvia


Nunca antes se había mostrado tan afectuosa con ella, maullando intensamente e interponiéndose entre sus pies, no le permitía salir de casa. Con el bolso y el abrigo en una mano y la bolsa de la basura en la otra, estaba preparada para salir, pero a cada paso que daba la gata se le iba cruzando hasta casi hacerla tropezar. Era extraño, normalmente era el gato quien se acercaba ronroneando y se acariciaba con la pernera del pantalón, nunca la gata, y las veces en las que el gato se acercaba, casi siempre llevaba a cabo este ritual para dar la bienvenida, pero no para despedirse. Con todo, era raro que mientras la gata no cesaba en su empeño, el gato estuviera la mar de tranquilo enroscado en el sofá. Fue tan peculiar lo sucedido, que pensó en llamarle para contárselo. Él estaba trabajando y recibió con sorpresa su llamada. La gata no se comportaba así con nadie.
Él le comentó restándole importancia que, como nos sucede a nosotros, debía tener un día tonto y que simplemente era un hecho poco habitual, pero al colgar se quedó largo tiempo turbado. Muchas veces la gata se había quedado durante varios minutos observando una pared de su antiguo piso de soltero. Incluso llegó a pensar que tal vez había allí algún cadáver emparedado. Siempre había oído que los gatos tienen un sexto sentido, que tienen algo de médium y poseen el don de la telepatía. Al principio pensó que eran chorradas, simples cuentos o las típicas leyendas urbanas. Pero al tiempo de convivir con aquella gata intuyó que era especial. Cuando sufría fuertes episodios de migraña se le acercaba lo máximo posible a su cabeza y se enroscaba a su lado. Si estaba triste o deprimido ella subía a sus rodillas y se le quedaba mirando fijamente a los ojos. Cuando estaba a punto de recibir una llamada de teléfono no paraba de dar vueltas a su alrededor y no dejaba de maullar hasta terminada la conversación y colgar el auricular. Estaba claro que entre ellos existía un vínculo profundo y palpable, no eran simples suposiciones.


La preocupación que le embargaba era seguramente al fin y al cabo una simple tontería. La gata estaría más cariñosa que de costumbre y ya está. Pero pasaban los minutos y las ideas le venían a la cabeza con una rapidez y una contundencia brutal. Veía el cuerpo de ella ensangrentado y podía oír las sirenas de los bomberos y las ambulancias. Se imaginaba recibiendo la mala noticia y un estremecimiento le recorría todo el cuerpo, y como ya había sucedido en otras ocasiones cuando algo horrible le comunicaban, le temblaban las orejas y parecía como si le dieran un calambrazo.

Aquella mañana habían discutido por una estupidez y no era la primera discusión absurda aquella semana. No llevaban una buena temporada, y pensó que debía llamarla para comprobar que todo iba bien y aprovechar la ocasión para disculparse. Esta vez la sorpresa se la llevó ella. Todo iba bien y agradecía las disculpas, no era necesario que gastara dinero en llamarla sólo para eso, pero gracias de todos modos.

Se tranquilizó bastante, pero su mente no paraba de dar vueltas, como la gata, alrededor de ella. Incluso en el coche, cuando ya volvía a casa, imaginaba que al llegar no la encontraba y que recibía una dolorosa llamada. Todo eran conjeturas; papeleo, futuro… Ya empezaba a verse como un viudo joven cuando una luz cegadora invadió su coche y perdió el control. Fue en esas milésimas de segundo cuando el hijo de Kevin Correnton entendió finalmente lo que su gata había profetizado. El aviso era para su pareja con la finalidad de que le pusiera a él en alerta y, en esas milésimas de segundo la percibió joven viuda, liada con el papeleo…

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